Freud y la sociedad vienesa

Roland Jaccard

 

 

¡Qué lejos parece el tiempo en que los filósofos calificaban al psicoanálisis de “obscenidad científica”, y aun de obscenidad lisa y llana, y en el cual los historiadores explicaban la teoría de la libido por la sensualidad bien conocida de los vieneses y el pretendido pansexualismo de Freud por la licencia de su vida privada!

 

Actualmente, en cambio, todo lo que toca a la vida y a la obra del Maestro es objeto de un culto discreto y de glosas eruditas. Pero son pocos los trabajos que se interrogan sobre lo que Freud debe a su época, a su cultura, y sobre todo a su ciudad, Viena, donde él pasó la mayor parte de su vida (78 años exactamente). Más aún, parece que el genio de Freud ‑y el acento exclusivo puesto sobre él ha eclipsado progresivamente el genio de Viena. Ahora bien, conviene hacer la revisión de un estereotipo muy expandido, el de una Viena finisecular, burguesa, provincial e hipócritamente puritana, por una parte, entusiasmada, por la otra, con el vals y consumidora de Sachertorte y Strudel. La Viena de la época de Freud, aun cuando éste desconoció el aspecto profundamente renovador que la convertía en la cuna cultural de Europa, era la de Gustav Mahler, Schonberg y los dodecafonistas, Wittgenstein,

Trotski (quien, durante los siete años anteriores a la gran guerra editó allí Pravda) los austromarxistas, Schnitzler, Hofmannsthal y, más tarde, Werfel o Rilke, que habitaron o pasaron en ella largas temporadas.

 

Curiosamente, Freud fue ciego y sordo frente a esta “revolución cultural” vienesa; así, Ernest Jones cuenta que un día, habiendo comentado él que debía ser apasionante vivir en una ciudad llena de ideas nuevas, Freud se levantó de un salto y respondió con cólera: “¡Hace cincuenta años que vivo aquí, pero en cuanto a ideas nuevas jamás encontré una sola! Freud jamás perdía ocasión de proclamar su odio respecto de Viena, odio de una naturaleza bastante extraña, puesto que siempre se mostró frente a ella de una fidelidad rara y casi excesiva.

 

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¿Pero qué clase de ciudad era Viena, cuando nació Freud el 6 de mayo de 1856 en Freiberg, Moravia? En 1856 el Imperio austro‑húngaro estaba todavía bajo el choque de la revolución de 1848, reprimida por el ejército. El Emperador Francisco‑José, que entonces contaba 20 años, se esforzaba por contener a los militares y afirmar su poder personal. Fue él quien en 1857 decidió hacer de Viena la capital moderna de un gran imperio, y la ciudad más hermosa del mundo. Bajo su reino, que se prolongará hasta 1916, fecha de su muerte, Austria‑Hungría conocerá una verdadera edad de oro. Por otra parte, respecto de los judíos, la política de Francisco José es extremadamente liberal. En 1867 vieron que se les reconocía oficialmente la igualdad de derechos políticos, de los cuales venían beneficiándose de hecho hacía una decena de años. Los judíos afluyen entonces a Viena desde distintas partes del Imperio y afluyen igualmente a Austria‑Hungría desde regiones vecinas, que pertenecen al Imperio ruso. Las estadísticas, a este respecto, son elocuentes: la población judía vienesa pasa de algunas centenares a comienzo del siglo XIX a 72.000 en 1880; 118.000 en 1890; y 147.000 en 1900. La ciudad, junto con sus aledaños, cuenta entonces aproximadamente un millón de habitantes. El antisemitismo que se desarrollará a partir de 1880 es entonces casi inexistente. Precisemos, por lo demás, que el antisemitismo, de inspiración católica y popular, chocaba frontalmente con la política del gobierno y los sentimientos personales del Emperador, y le causaba indignación por su contenido bajamente demagógico.

 

La familia Freud se instala, pues, en Viena en febrero de 1860, en el barrio de predominio judío de Leopoldstat. Sigmund Freud adquirirá allí toda su formación intelectual, científica y moral. Sin embargo, desde su período preanalítico, piensa seriamente en expatriarse. Con Martha Bernays, su prometida, se siente tentado de instalarse en Inglaterra. Le escribe: “¿Hay que quedarse aquí, Martha? Si es posible, instalémonos en un lugar donde la dignidad humana sea más respetada. Ninguna idea me parece más deprimente que la de tener un día mi tumba en el Central-friedhof” (de hecho no sucedió así: Freud está enterrado en Londres).

 

A Wilhelm Fliess, que durante años fue su confidente más íntimo, le habla directamente de odio: “Le he consagrado a Viena un odio personal, y, al revés del gigante Anteo, cobro nuevas fuerzas apenas pongo el pie fuera de mi ciudad natal”. La palabra que emplea Freud aquí es vaterstädtisch, de la ciudad paterna; ahora bien, como no había nacido en Viena sino en Freiberg, podemos preguntarnos, junto con Marthe Robert, si Viena no era víctima del reproche que Freud hacía a su padre por haberse instalado allí y por haber echado a perder su vida, mientras que durante toda su vida guardó por Freiberg, asociado a la imagen de su madre, la más tierna de las afecciones. Detrás de Viena, ¿qué cosa o a quién tenía Freud ante la vista?

 

Por lo demás, como observa también Marthe Robert, había entre la ciudad y él una falta absoluta de afinidades, una oposición de gusto y de temperamento. De carácter grave, austero en las costumbres, inclinado, como se decía entonces, a la neurastenia, poniendo por encima de todo el sentimiento de la justicia y la búsqueda de la verdad, las cualidades vienesas tradicionales no tenían, en verdad, nada que pudiera seducirlo: la despreocupación, la musicalidad, la Gemütlichkeit, el encanto bajo el cual la ciudad prestigiosa sabía enmascarar tan eficazmente su anarquía, todo esto no era a sus ojos más que una escenografía, cuyo revés le parecía tanto más sombrío y amenazante cuanto que veía la escena en cierta manera a distancia, como intruso, como huésped semi excluido, es decir, como judío.

 

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En efecto, desde 1890, el antisemitismo, con su cortejo de brutalidad, mentira y crueldad, se despliega con una violencia renovada. Es verdad que el gobierno inicia acciones judiciales contra los agitadores. Es verdad que cada vez que estallan escándalos antisemitas, Francisco José nunca deja de expresar su descontento (una vez que estaba en el teatro y el público entonó canciones antisemitas, se marchó de la sala). Pero ni la actitud del Emperador ‑que le valió una extrema popularidad en los medios judíos ni los esfuerzos honestos del gobierno pudieron contener el movimiento. Karl Lüger, símbolo del antisemitismo vienés, fue elegido burgomaestre de la capital. En tres ocasiones, el Emperador se negó a sancionar la designación. Finalmente, en 1897, tras ser plesbicitado Lüger por cuarta vez, fue necesario ratificar la designación de quien ‑bajo la cubierta del “socialismo cristiano”‑ predicaba el odio a los judíos. Lüger fue alcalde y amo de la capital hasta su muerte, en 1910. Sin embargo, como subraya Hanna Arendt en su libro Sobre el antisemitismo (pág. 106): “El antisemitismo (de los cristianos sociales) no tuvo consecuencias prácticas”. En el caso de Freud, contribuyó a aislarlo de la “mayoría compacta” y familiarizarlo muy tempranamente con el destino que lo colocaba en la oposición.

 

Desde este punto de vista, es importante señalar que casi todos los artistas, escritores, pensadores, sabios cuyo nombre ha quedado asociado a la “Viena de 1900” fueron judíos ‑suficientemente integrados a la vida social para renovarla, pero no para adherir a sus valores‑; posición conflictiva, es verdad, individualmente, pero de todos modos privilegiada, en la medida en que la tentación de la integración era constante, lo que implicaba también que tenía que ser superada para preservar su identidad. Y la creación del psicoanálisis, esta ciencia judía, fue ciertamente para Freud un medio para afirmar su identidad cultural y a la vez para echar una mirada crítica y desengañada sobre las bambalinas de la vida social, y finalmente (y aquí está sin duda su principal aporte a la medicina) inventar un papel nuevo para el psiquiatra: el de representante del paciente. En efecto, hasta entonces al psiquiatra se le asignaban dos funciones que todavía siguen siendo ampliamente aceptadas. La primera, la de un agente de la sociedad: el médico de los hospitales psiquiátricos (estatales), el cual, aun pareciendo cuidar a su paciente, de hecho proteje a la sociedad. El segundo consistía en estar a sueldo de todo el mundo y de nadie en particular: un árbitro de los conflictos entre paciente y familia, paciente y empleador, etcétera. La “fidelidad” de tal psiquiatra está complometida, pues, con quien lo paga. Freud se negó a ambos roles y, si los sustituyó por otro nuevo, fue sin duda porque se identificaba doblemente con el pretendido enfermo mental. En la persona sufriente ‑que con frecuencia sufría porque era victimizada ­Freud se reencontraba en tanto que judío oprimido y neurótico, víctima de inhibiciones. Y además en la Viena gloriosa de Francisco José ¿quién sino un judío habría podido identificarse con personas tan indeseables como los enfermos mentales? En este sentido, negativo pero por cierto decisivo, es efectivamente a Viena a quien Freud debe, pese a todo, el haber descubierto el psicoanálisis.

 

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Nadie es nunca totalmente original ‑y bajo cada palabra de un libro se esconden otros libros, vastas bibliotecas imaginarias, donde vienen a morir y renacer nuestros fantasmas y nuestras experiencias. Como Freud escribe a Fliess en 1897: “De esta manera uno siempre es un mito de su época, aun en aquello que uno considera más íntimamente personal”. Un estudio histórico detallado corroboraría fácilmente este punto de vista: las ideas psicoanalíticas no fueron creación exclusiva de Freud.

 

En efecto, prácticamente todos los temas abordados ‑y a veces elucidados‑ por el psicoanálisis se encuentran entonces en el aire, tratados tanto por dramaturgos como Wedekind o Ibsen; por escritores como J. P. Jacobsen, Arthur Schnitzler, A. Strindberg, C. F. Meyer o los hermanos Goncourt, y por los filósofos, como Schopenhauer, Nietzsche o Hartmann; por investigadores solitarios, como Weininger, Kleinpaul o Joseph Popper‑Lynkeus, ese ingeniero austríaco, escritor y filósofo a la vez, que, sin conocer la Interpretación de los sueños, desarrolló una teoría de la “censura del sueño” muy cercana a la de Freud. Digamos que los artistas y los sabios de fines del siglo XIX tenían ue grosso modo, los mismos datos ideológicos e históricos que Freud: conocían muchas cosas sobre la histeria y el inconsciente, y se preocupaban de las mismas ideas.

 

Tomemos para ilustrar esta tesis el ejemplo del lingüista austríaco Rudolf Kleinpaul. Sabemos que Freud lo conocía, puesto que, en 1897, recomienda a su amigo Fritz conseguir Die Lebendigen und die Toten [Los vivos y los muertos] y el autor se encuentra mencionado en una nota de La interpretación de los sueños. Ahora bien, en 1890 Kleinpaul publicó su obra principal: Die Rätsel der Sprache [Los enigmas del lenguaje] en la cual se bautiza a sí mismo como “intérprete de palabras”, de la misma manera que Freud, diez años después, se llamará a sí mismo “intérprete de sueños”. ¿Y qué es lo que busca Kleinpaul? Busca detectar factores sexuales en la vida espiritual, es decir, por su parte, en la lengua. Agreguemos que había recibido críticas por ciertos “elementos escabrosos” de sus primeros epígrafes, y en el prefacio de Rätsel der Sprache se defiende de una manera que debió agradar a Freud: “Toda interpretación exitosa”, escribe, “debe ser celebrada como una victoria de Edipo, como un golpe maestro contra la esfinge de la lengua; tiene que ser cantada en Tebas como una nueva mirada dirigida hacia el interior, hacia los secretos del alma popular. En esta alma, lo sublime y lo abyecto conviven lo uno con lo otro, ¿y qué significa, en definitiva, ‘sublime’ y ‘abyecto’? Este [el pueblo] está dominado por necesidades burdas, por instintos poderosos y por fuertes pasiones, por exigencias de la naturaleza y de los órganos genitales ‑en torno de esto, y del alimento, como también de la bebida, se mueve, según lo admite el propio Schiller, la mitad del mundo, por no decir el mundo entero‑, y,los mitos más profundos y los símbolos más importantes están sometidos a ellos”.

 

Kleinpaul no perdía ocasión de dar cuenta de las alusiones sexuales del lenguaje. Los catálogos que presenta en este contexto se asemejan de una manera sorprendente a la lista conocida que Freud da en La interpretación de los sueños, al determinar los símbolos sexuales de los sueños, y los ejemplos indicados son, en gran medida, los mismos. Kleinpaul quería, a la manera de los psicoanalistas, redescubrir “los caminos por los cuales toda la humanidad había avanzado en los estadios antiguos de la civilización”, y eligió buscarlos mediante el lenguaje, en tanto que Freud prefería hacerlo por medio del sueño y las fantasías de los neuróticos.

 

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Para cualquiera que estudie la Viena de la belle epoque, uno de los hechos más sorprendentes es ver hasta qué punto la sexualidad está omnipresente: las resistencias muv vivas con las cuales chocó Freud dependen, a mi juicio, mucho menos de los temas que aborda que del hecho de que quiso hacerlos aceptar‑ haciéndose aceptar también él al mismo tiempo‑ en ese bastión del conservadorismo burgués que era la sociedad de los médicos y de la universidad. Ahora bien, curiosamente, y sobre este punto quisiera insistir, Freud se mantuvo constantemente lejos de los artistas, escritores, filósofos, que en Viena habían emprendido como él la tarea de desmitificar el imaginario social de su tiempo y de subvertir los tabúes burgueses. En un sentido, porque él mismo era, en muchos aspectos, la imagen misma del burgués austero, padre de familia respetable, temeroso ante la sexualidad y los excesos a que ésta puede conducir. Sobre este Freud no faltan los testimonios, el, más reciente de los cuales es el de su propio hijo, Martín Freud (1).

 

Pero más importante todavía me parece el hecho de que Freud se preocupó siempre de guardar su identidad “científica”. El rol y el prestigio del científico, y en especial del médico, es algo a lo cual Freud jamás pensó renunciar, aun en el mismo momento en que reconocía que el psicoanálisis pertenece de derecho a la psicología. Para esclarecer este punto vale la pena trazar un paralelo entre la vida y la obra de Freud y la de otro vienés ilustre: Arthur Schnitzler.

 

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Como Freud, Schnitzler venía de una familia judía que rompió sus lazos con la religión de sus antepasados (2). Había nacido en Viena el 15 de mavo de 1862 (por consiguiente, seis años después que Freud). Su padre, laringólogo reputado y profesor de la Universidad de Viena, editaba una revista médica y contaba entre su clientela actrices y cantantes de ópera. El joven Arthur siguió las huellas de su padre, y de 1879 a 1890 su formación y sus intereses son aproximadamente los mismos de Freud: se apasiona por el hipnotismo y la histeria, sigue los cursos de psiquiatría de Meynert, comenta las traducciones de Charcot y de Bernheim hechas por Freud. También se trasladará a Nancy, donde actuaba Bernheim, para estudiar la hipnosis. De regreso a Viena, y en el cuadro de la clínica paterna comienza a tratar mediante la hipnosis y la sugestión a enfermos afectados de afonía funcional, práctica a la cual él consagra su tesis (recordemos a propósito de esto que la tesis de Freud versaba sobre la afasia). Apasionado por la psicología y absorbido cada vez más por la literatura y el teatro, Arthur Schnitzler redujo progresivamente su clientela; frecuentaba los cafés literarios, particularmente el café Griensteild, en el cual se encontraban Hermann Bahr, Beer‑Hofman, Hugo von Hofmannstall, Peter Altenberg y Karl Kraus; vivió relaciones apasionadas y tempestuosas con actrices, y en 1893 publicó la historia de un joven calavera de la época: Anatol. A partir de ese momento forma parte de “Jung Wienu”, es decir de ese grupo de artistas y de escritores que serán el motor de la extraordinaria irradiación cultural de Viena. Freud, no cabe duda, conoce v admira a Schnitzler, aunque no se ha encontrado aún con él personalmente. Le agradó oírle afirmar paladinamente a propósito del antisemitismo: “Es sorprendente ver en medio de qué cerdos vivimos; y yo pienso siempre que esto debe llamar la atención aun a los antisemitas, que el antisemitismo ‑haciendo abstracción de todo otro elemento‑ tenga la fuerza particular de poner en evidencia las bajezas más falsas de la naturaleza humana y de desarrollarlas al máximo”.

 

Lo que Freud admira igualmente, en esta producción literaria o socialmente mal vista, es precisamente lo que horripilaba a los moralistas y los antisemitas: a saber, la franqueza a propósito de los temas eróticos. En 1898 aparece el drama de Schnitzler Paracelso que gira alrededor de la hipnosis. Freud lo leyó en marzo del mismo año, antes de que estuviera escrita La interpretación de los sueños, y lo comenta en estos términos: “Me ha sorprendido ver cuánto puede saber un escritor de estos asuntos”.

 

Por otra parte es posible imaginar la importancia que asignó a lo que Schnitzler había dicho en aquella época:

 

Y acuérdate que cada noche nos fuerza

A descender a un mundo desconocido,

Privados de nuestra fuerza y, nuestra riqueza …

Pues toda la abundancia y las adquisiciones de la vida

Tienen poco peso frente a los sueños,

Que nos encuentran abúlicos al dormir.

 

En este drama, Paracelso hipnotiza a Justina, la mujer de un rico ciudadano de la ciudad, y revela lo que se oculta en su inconsciente. Schnitzler muestra que al lado del yo diurno existe un yo nocturno que aparece en los sueños y los deseos secretos, y que, por consiguiente, no nos debemos sentir demasiados seguros de nosotros bajo la luz del sol:

 

Una borrasca sobrevino, que por un momento

Abrió con violencia las puertas de nuestras almas:

Lanzamos en ellas una mirada. Ya pasó,

Y las puertas de nuestras almas se cierran.

Más lo que he visto hoy día,

Me precaverá para siempre de ser orgulloso.

 

Es interesante, desde el punto de vista cronológico, observar que Schnitzler, ya en su primer libro, abordó el mismo tema. En efecto, Anatol hipnotiza a su amante Cora para saber si le es fiel o no. Y luego, en el momento de plantear la cuestión decisiva, se detiene por temor a enterarse de la verdad.

 

Tanto Freud como Schnitzler rehabilitan la parte inconsciente del hombre, y, durante toda su vida, Freud seguirá de cerca la obra de su cofrade menor. Nunca, sin embargo, intentó entrar en relación amistosa con él, aún cuando todos los sábados juega a las cartas con el hermano menor de Arthur, Julius Schnitzler, y el cirujano que lo operará en 1923 (escandalosamente mal, por otra parte) de su cáncer de mandíbula en 1923, es Markus Hajk, cuñado de Schnitzler. Pese a todo esto, en 1922 Freud enviará a Schnitzler una carta en la que le confiesa: “La razón verdadera de que yo no haya intentado nunca frecuentarlo y tener con usted una conversación […]. Voy a hacerle una confesión que usted tendrá la bondad de guardar en secreto por consideración a mí y que no comunicará jamás a ningún amigo ni a ningún extraño […] Yo pienso que lo he evitado por una especie de temor a encontrar mi doble. Sumergiéndome en sus espléndidas creaciones, yo he creído siempre encontrar en ellas, tras las apariencia‑s poéticas, las hipótesis, los resultados y los intereses que yo sabía ser míos […] Su sensibilidad para las verdades del inconsciente, de la naturaleza pulsional del hombre; la dedicación de sus pensamientos a la polaridad del amor y de la muerte, todo esto suscitaba en mí un extraño sentimiento de familiaridad […]”. Este doble, “este hermano gemelo psíquico” que Freud temía encontrar no es otra cosa que la imagen de Freud escritor y artista, tentación permanente que jamás se atrevió a afrontar. A este respecto, es significativo que hubiera esperado el fin de su vida para entrar en relación con otro escritor judío, Richard Beer‑Hoffman, cuyos poemas, novelas breves y obras de teatro, relativamente poco numerosas, tenía por obras maestras.

 

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Entre los discípulos de Freud, el que supo conciliar mejor una gran sensibilidad literaria con el psicoanálisis en cuanto abordaje del inconsciente es, incuestionablemente Theodor Reik, que fue, por otra parte, amigo de Schnitzler, de Beer‑Hoffman y de los más grandes artistas vieneses. Sus Fragmentos de una gran confesión constituyen un documento excepcional sobre la Viena de comienzos del siglo, y Escuchar con la tercera oreja nos restituye, pienso, la esencia misma del proceso analítico. El interés de la obra de Theodor Reik obedece , por una parte, a que fue más lejos que cualquier otro analista, incluido Freud, en el camino del autoanálisis y, por otra parte, en que consideró siempre el psicoanálisis como algo totalmente ajeno a la medicina, lo que le liberó de toda una herencia médica y psiquiátrica en la cual la obra de Freud, a pesar de él, se mantuvo siempre encastrada.

 

Si Freud manifiesta siempre una curiosidad muy viva por la literatura y el teatro, y también por la lectura de los diarios ‑leía todas las tardes el Neue Freie Presse y estaba abonado a la Fackel de Karl Kraus‑ no se interesaba en cambio por la música, y la joven escuela vienesa de pintura (representaba esencialmente por Klimt, Schiele y Kokoshka) le dejaba indiferente. Sabemos, por otra parte, que prohibió a su hijo Ernest inscribirse en la escuela de Bellas Artes; y si este último llegó a ser arquitecto, en cambio el nieto de Freud, Lucien Freud, quizá por identificación inconsciente con el deseo de su padre, fue pintor.

 

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Los años que van de 1895 a 1900 vieron el nacimiento en Viena del Art Nouveu. La fundación de la Wiener Secession, la aparición de la revista Ver Sacrum, su órgano, y la creación de los Wiener Werkstätle imponen bruscamente a la ciudad, que dormitaba en la opacidad académica, un lugar de vanguardia en la elaboración colectiva de un arte nuevo. Con este movimiento están asociados los nombres de los arquitectos Otto Wagner, Joseph Hoffman, Adolf Loos y pintores Gustav Klimt, Richard Gerstl, Egon Schiele y Oscar Kokoshka. Ahora bien, aun cuando Freud ignoró esta “revolución estética” ‑como reacción contra el conservadorismo de la pintura de género y de la pintura histórica‑ de la misma manera como el psicoanálisis lo hacía contra la psiquiatría médica y la psicología universitaria, no cabe duda de que ella participa de un mismo espíritu, caracterizado por un cuestionamiento de las reglas tradicionales, de las convenciones morales y por el acento puesto sobre este infalible revelador de nuestras relaciones con otros y con nosotros mismos: la sexualidad. Como lo escribe Alexandra Comini: “Si consideramos la atmósfera de neurosis y de indolencia que reinaba entonces en la metrópoli austríaca, llevada ya al punto de incandescencia por el teatro de Arthur Schnitzler y las óperas de Richard Strauss, no es sorprendente que Klimt y Freud hayan acordado tal importancia a la sexualidad como aspecto principal de la vida y como su elemento determinante”.

 

Por tanto, si Freud descubre la sexualidad a partir del síntoma de la histeria y del sueño, que va de lo manifiesto a lo latente, Klimt, voyeur impenitente y naturaleza poderosa, trabaja, por el contrario, en traducir el erotismo manifiesto de su visión del mundo en un simbolismo donde la sexualidad está latente: velamen cosquilleante de ornamentos voluptuosos, del que puede verse o la estricta apariencia o algo más, según lo que se refleje en el ojo del espectador.

 

Añadamos que los pintores de la Secesión Vienesa no admitían otro dogma que el de la libertad y que su divisa era: “Cada época su arte; para el arte, su libertad” divisa que Hitler, en 1939 hizo borrar del Palacio de la Secesión.

 

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Freud no buscará jamás la compañía de pintores o de músicos. Si fuera necesario arriesgar una explicación de esta conducta de evitación, me atrevería a recordar que durante su noviazgo entró en rivalidad con dos hombres que también cortejaban a Marta: uno de ellos, Max Meyer, era músico; el otro, Fritz Wahle, era pintor. Esto lo llevó más tarde a escribir: “Pienso que reina una hostilidad general entre los artistas y los investigadores sumidos en los detalles de un trabajo científico. Como sabemos, el arte da a los primeros una clave permanente que les permite penetrar con facilidad en los corazones femeninos, en tanto que nosotros nos quedamos azorados ante esta extraña cerradura y nos vemos obligados a torturar el espíritu para descubrir la llave que le corresponde”.

 

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A falta de no haber conocido nunca a Klimt, Freud tuvo por lo menos un día en consulta al célebre compositor Gustav Mahler. Ernest Jones y Alma Mahler han relatado este episodio poco conocido de la vida de ambos hombres, por lo cual me limitaré aquí a resumirlo. En 1908, durante el verano, como su matrimonio iba de mal en peor, Mahler telegrafió desde el Tirol para pedir a Freud, que pasaba entonces sus vacaciones en Holanda, una entrevista. Freud detestaba interrumpir sus vacaciones por trabajos profesionales, fueran los que fuesen, pero, sin embargo, no le pareció posible rehusar una entrevista a un hombre del valor de Mahler. Después de muchos contratiempos ‑signo según Jones de la neurosis obsesiva, de la folie de doute del compositor‑, Mahler terminó por encontrarse con Freud en un hotel de Leyde. Pasaron luego cuatro horas paseándose por las calles de la ciudad. Aunque Mahler no tenía ningún conocimiento del psicoanálisis, Freud declara que nunca encontró a nadie que lo comprendiera tan rápido. En el curso de la conversación, Mahler le preguntó por qué su música no alcanzaba a las más grandes cimas del arte. Los pasajes más grandiosos, los que estaban inspirados por las emociones más profundas se veían estropeados por la intrusión de alguna melodía trivial. Mientras deambulaban por las calles de Leyde, Mahler recordó que cada vez que siendo niño era testigo de una escena matrimonial particularmente intolerable ‑y ellas eran muy frecuentes‑ él se escapaba. Ahora bien, un día, tras una disputa excesivamente violenta entre su padre y su madre, salió, y en la calle escuchó un organillo que tocaba el aire popular vienés “Ach, du lieber Agustin”. Mahler comprendió entonces que la aproximación entre un drama y una diversión ligera se había fijado entonces para siempre en su espíritu, y que uno de sus estados del alma arrastraba inevitablemente la aparición del otro.

 

No me extenderé aquí sobre el lugar que ocupaba ‑y que ocupa ahora ­la música en Viena si no es para recordar las investigaciones revolucionarias de Arnold Schonberg, Alban Berg y Anton Von Webern, que hicieron de Viena la capital de la música moderna. Freud, según se sabe, estaba absolutamente cerrado a la música, y, como recuerda su hijo Martín: “No permitió jamás que se tocara el piano (ni cualquier otro instrumento) en el apartamento”.

 

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Hay otro nombre que simboliza también la Viena de comienzos del siglo: Karl Kraus. Nacido de una familia judía de buena posición, el que llegó a ser “el más vienés de los periodistas vieneses”, comenzó por ocupar el puesto de autor satírico de la Neue Freie Presse en 1898, cargo que había quedado vacante durante cinco años por no poderse encontrar un redactor que estuviera a la altura de la tarea. Un año más tarde, cuando tenía 24 años, fundó un bimensual satírico, Die Fackel [La antorcha], que durante más de cuarenta años reavivó o exasperó al público vienés. Polemista de terrible eficacia, Karl Kraus se burlaba del estilo de cada cual, y la escritura y la estructura de sus frases refleja sus defectos y las fallas de su razonamiento.

 

Muy cercano a su amigo el filósofo Ludwig Wittgen­stein, postula un orden del lenguaje como referencia última para un orden de la realidad. Hubiera podido hacer suyo el célebre aforismo de Wingenstein: “Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”. Freud leía Die Fackel y admirabaa Karl Kraus. Le escribió en enero de 1906: “Sin duda se debe a la concordancia parcial entre sus concepciones de usted y las mías que yo encuentro casi habitualmente mi nombre en Die Fackel”. Y es verdad, que en una primera época Karl Kraus estuvo abierto al psicoanálisis que, al igual que él, luchaba contra la hipocresía general. Recibió en su periódico artículos de psicoanalistas. Progresivamente, sin embargo, pasó a poner el acento sobre los peligros de la visión psicoanalítica y tomó como blanco tanto al Psicoanálisis como a la Psiquiatría. En la raíz de su desconfianza respecto del Psicoanálisis se encuentra Fritz Wittels, joven discípulo de Freud, que había, por otra parte, colaborado en Die Fackel. Ahora bien, Wittels, en una comunicación a la Sociedad Psicoanalítica de Viena, trazó de Kraus un retrato psicológico de donde surgía que su febril actividad de polemista era la consecuencia de una frustración edípica. En apoyo de su tesis presentó argumentos tan simplistas, que el propio Freud los refutó. No obstante ello, este incidente atrajo la atención de Kraus sobre los peligros del psicoanálisis. De ahí su famosa imprecación: “A estos médicos de los nervios que destruyen el genio ante nuestros ojos llamándolo patología, habría que romperles el cráneo con las obras completas del genio en cuestión. Habría que romper a golpes de pie el rostro de todos los racionalistas benefactores de ‘la humanidad normal’ que tranquilizan a las personas incapaces de apreciar los productos del espíritu y de la imaginación”. Karl Kraus es también el autor de una fórmula que dio la vuelta al mundo: “El Psicoanálisis es aquella enfermedad mental que se considera a sí misma como su propio remedio”.

 

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Tampoco es posible hablar de Karl Kraus sin por lo menos mencionar a Otto Weininger, su joven amigo. Otto Weininger, que colaboró también en Die Fackel, es el autor de un panfleto antifeminista, Sexo y carácter, que publicó en 1903 cuando tenía 23 años, seis meses antes de suicidarse y que conoció un éxito sin precedentes. A traavés de Sexo y carácter fueron conocidas por primera vez por el público vienés las primeras teorías freudianas sobre la histeria, porque Weininger hace, abundantes referencias a ella.

 

Si Kraus tiene una concepción de la mujer que en último término está muy cerca de la de Nietzsche, a saber, la de un ser enraizado en la naturaleza, en el sexo, “una fuente original” en la cual “se renueva la espiritualidad masculina”, Weininger, por su parte es mucho más radical: la mujer carece de existencia ontológica; es el negativo absoluto del hombre; su sola naturaleza es sexual; por lo tanto, desde el punto de vista pascaliano de Wei­ninger, odiosa.

 

Freud leyó Sexo y carácter, conoció su autor, que se inspira sin citarlas en las tesis sobre la bisexualidad de Wilhelm Fliess y, en “Juanito”, hablá de él como de un filósofo sumamente dotado, no sin añadir que lo que da a un hombre un sentimiento de profunda superioridad sobre las mujeres ‑y sobre los judíos‑ no es otra cosa que la integridad y la integralidad de su pene.

 

Sin entrar en el fastidioso debate acerca de la sexualidad femenina, me parece interesante hacer resaltar, desde el punto de vista puramente histórico, hasta qué punto a comienzo del siglo las mujeres eran consideradas, aun por grandes escritores, como simples portadoras de un útero. Su “rol” y su “función” propias eran el matrimonio y la maternidad. Se daba por supuesto que eran biológicamente inferiores a los hombres en el plano de las aptitudes intelectuales y en los sentimientos éticos refinados. Freud, ciertamente, compartía este prejuicio, hasta el punto que él había traducido al alemán las obras de uno de los pocos autores feministas de la época: el filósofo inglés John Stuart Mill.

 

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Al término de este paseo demasiado breve a través de la Viena de 1900, retendré esencialmente lo siguiente: Freud forma parte de un conjunto del que no puede ser aislado, que incluye simultáneamente a la filosofía, la literatura, la música. Pero si su creación propia, el psicoanálisis, posee incuestionablemente su propia especificidad, y si queda marcada por la impronta de su genio, es imposible no sentirse extrañado por el deseo de Freud de integrarse, de hacerse admitir por la burguesía médica y universitaria de su época. No sólo se mantuvo siempre apartado de la “bohemia vienesa”, sino que, aun teniendo plena conciencia de sus dotes de escritor, nunca reconoció más que una instancia: la ciencia. Pero la ciencia, a comienzos de siglo, era la física y la química. Esta exigencia de Freud, lo mismo que su voluntad de participar del prestigio del rol de médico, no dejó de acarrear numerosas consecuencias lamentables para el desarrollo de esta disciplina, fundamentalmente moral y psicológica, que es el psicoanálisis.

 

 

 

Notas:

 

(1) “Sigmund Freud, mi padre”, Martin Freud. Edición castellana: Editorial Hormé, Buenos Aires, Argentina, 1966.

(2) Para Arthur Schnitzler recomendamos: “Schnitzler y su tiempo. Retrato cultural de la Viena del siglo XIX”, Peter Gay, editorial Paidós, Barcelona, España, 2002. Edición original: W.W. Norton & Cia., New York, 2002.

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