El proceso de formación analítica 1928

Sándor Ferenczi

 Constituye para mí una enorme alegría y un gran honor el poder hablar de psicoanálisis en la capital española ante una concurrencia tan distinguida. Tengo la impresión de contribuir de este modo a pagar una parte de la deuda que nosotros, los hombres de la Europa Central, tenemos con el genio hispánico, debido al enorme placer que nos ha procurado su arte y su literatura. Sin embargo, es cierto que lo que voy a decirles no es para ustedes totalmente nuevo. La excelente traducción que debemos al entusiasmo y al celo de M. López Ballesteros les ha permitido leer las obras de Freud, el gran maestro de esta ciencia, en una edición casi completa. Así que hoy abordaré más bien algunos problemas prácticos.
¿Cómo puede estudiarse el psicoanálisis? ¿Quién puede aspirar al titulo de psicoanalista, capaz de comprender los problemas y los conflictos del psiquismo, hasta en sus más profundos estratos, y de hallar una solución práctica a las dificultades de la vida psíquica, patológica o normal? Posiblemente les sorprenda esta forma de plantear el problema; tendrán ustedes la costumbre de pensar que las teorías científicas más complejas son accesibles a través de la lectura de libros relativas a ellas, y por la asistencia a cursos universitarios y seminarios que traten del tema. La superación de un determinado número de rigurosos exámenes les confiere el derecho a practicar la profesión de jurista, de médico, de pedagogo o de etnólogo. En las ramas científicas puramente lógicas y matemáticas, basta con basarse en algunos datos fundamentales evidentes e indiscutibles con los que puede edificarse un saber sólidamente afirmado; en las ciencias naturales se añade una práctica: la observación y la experimentación. Por el contrario, la experiencia psicoanalítica muestra que, para practicar el oficio de psicólogo, no basta con establecer una relación lógica entre los conocimientos y los datos experimentales, sino que es indispensable efectuar un estudio profundo de nuestra personalidad y una observación rigurosa de nuestras mociones psíquicas y afectivas. Esta educación para el conocimiento y el dominio de uno mismo es lo esencial de la formación analítica, su condición sine qua non; la formación teórica y práctica sólo puede venir después. El psicoanálisis es a este respecto más exigente que la astronomía. El observador del cielo estrellado debe conocer todas las particularidades de su vista y adaptarlas a la normal, porque de otro modo sus observaciones estarían desprovistas de todo valor. En psicología, la importancia del factor personal es aún más considerable; el psicoanálisis se interesa esencialmente por los conocimientos introspectivos y subjetivos; pero para comprender el material psíquico recogido por otro nos vemos obligados a proceder mediante aproximación a nuestros propios procesos psíquicos e intelectuales.
Sabemos que el extraordinario progreso de la biología ha supuesto una desvalorización de todo lo psíquico; en el plano científico, uno de los principales méritos de Freud es haberse opuesto valientemente a los excesos de los fanáticos de la objetividad, y de haber considerado la realidad psíquica al mismo tiempo que la realidad física. Durante mi estancia en América, hace dos años, el doctor Watson, representante de los behavioristas, me ha invitado a un duelo intelectual. Él sostenía la tesis de que era totalmente inútil prestar atención a las alteraciones accesibles mediante la introspección, y que bastaba con describir la actividad y el comportamiento de los seres vivos, animales o humanos, considerándolos como conjuntos de reflejos y de tropismos. Invitado a dar un ejemplo, el doctor Watson describía el reflejo de terror observado en el ratón blanco y en el niño pequeño en reacción a un ruido imprevisto. Tuve que responderle que, para concluir en el efecto de terror a partir del reflejo de huida, se estaba refiriendo a lo que experimentaba en la misma situación, a partir de la autoobservación, había lógicamente deducido la posibilidad de establecer comparaciones. El behaviorista no es más que un explorador disfrazado del psiquismo.
Freud no cae en el otro extremo, no niega la necesidad y la importancia de la investigación objetiva, pero advierte que la acumulación de datos subjetivos puede también llegar a resultados científicos válidos: añade además que un factor causal perteneciente al ámbito del pensamiento, de los afectos o de la acción, no es inteligible más que por su identificación con otro. En otros términos, el analista debe ser capaz de reconstruir las emociones, los pensamientos, y los actos de otra persona, ya sea enferma o no, a partir del material asociativo proporcionado por ella. Este tipo de artistas existían antes de Freud: se les llamaba conocedores del alma humana. Pero el psicoanálisis de Freud ha transformado este arte en ciencia, accesible a todo espíritu pensante, y no sólo privilegio de algunos elegidos. Sin embargo es cierto que para que este saber se torne convicción hay que pasar por la experiencia personal, es decir por un análisis personal.
Temo que me pregunten con inquietud si el futuro analista debe llegar a la neurosis, a la enfermedad mental, a ser un criminal o un niño para comprender y cuidar a tales sujetos. Lamento tener que responder afirmativamente, pero añado también que no hay que ver en ello una corrupción de las psiquis por el análisis. Pues uno de los extraordinarios descubrimientos del psicoanálisis es la supervivencia en nosotros, en estado rechazado, de los diversos modos de reacción infantiles y primitivos de la psiquis, como los anillos de un tronco de árbol bajo la corteza, que el psicoanálisis puede traer a la conciencia. Es suficiente con que evoquen las alucinaciones confusas, y a menudo amorales, de sus propios sueños, para convencerse que a veces sienten y piensan como enfermos mentales; determinadas formas atenuadas de angustia o de compulsiones, que se encuentran en casi todo el mundo y que pasan en general desapercibidas, tienen el mismo origen y la misma naturaleza que los síntomas neuróticos; ¿quién puede afirmar no haberse sorprendido nunca durante un sueño, con pensamientos que si se convirtieran en actos le hubieran colocado entre los criminales? Si ustedes preguntan en qué se diferencia un ciudadano honorable de un criminal, yo podría responderles: en que puede dominar perfectamente sus impulsos primitivos. En cuanto al carácter infantil, ¿no es cierto que si dejamos caer la máscara de los convencionalismos, surgen inmediatamente nuestra ingenuidad infantil, nuestro humor lúdico, nuestra crueldad infantil y nuestro salvajismo? El método psicoanalítico ayuda al futuro analista a descubrir al máximo y a dominar el inconsciente. Para llegar a ello nuestro principal método es la asociación libre: la expresión, sin selección propia, de todas las ideas, mociones, e impulsos intelectuales a los que en general no concedemos ninguna atención y que nunca hemos comunicado a otro. El analista o el pedagogo-analista, no inhibido por sus propios conflictos, hace surgir mediante el material asociativo la parte olvidada del pasado que yace en el lecho de la psiquis, como la Atlántida en el fondo de los océanos, para volverla a la superficie. La interpretación de los sueños de Freud, un auténtico trabajo de artista, proporciona un medio complementario para colmar las lagunas de la memoria.
Podrán preguntarme ahora si no es posible realizar este trabajo en solitario, sin guía. En realidad es posible pero sólo hasta un punto dado: el valor del autoanálisis no puede compararse al del trabajo hecho con ayuda de otro. Y sabemos por qué. El rechazo, que provoca la amnesia infantil, es un síntoma social: la reacción del individuo a las medidas educativas del entorno. Sólo una versión revisada y corregida de esta educación, es decir un complemento de educación, puede ayudar a descubrir y a reparar los errores educativos que no han podido evitarse en la primera etapa. Durante la transferencia, el sujeto analizado se esfuerza en lanzar sobre la persona del analista todos los sentimientos de amor y de odio; el fenómeno de la transferencia existe en todas las relaciones, incluso las no analíticas, como por ejemplo la ansiedad entre maestro y discípulo o entre médico y enfermo, pero nunca se le ha prestado la atención que merece. En el autoanálisis, sólo puede superarse en cierta medida la resistencia, es decir el disgusto en admitir las verdades desagradables. Para vencerla es necesario que alguien asista al analizando, con firmeza y tacto. Tras haber elaborado las asociaciones, y aprovechado al máximo la transferencia, desvelando y reduciendo las tendencias a la resistencia, hay que liberar al candidato a analista de la relación personal que le vincula a nosotros, es decir conviene hacerlo independiente: esta medida nunca se practica en las restantes formas de psicoterapia (hipnosis, sugestión).
Como ven, este método de formación recuerda la formación profesional del artesano. El aprendiz debe primero apropiarse de la habilidad del maestro, y sufrir su influencia educativa; cuando progresa aunque siga estando vigilado y controlado, puede tratar de hacer un trabajo independiente.
En la formación analítica esta segunda etapa está representada por el análisis llamado “bajo control”. Al discípulo se le confían algunos análisis; trabaja solo pero periódicamente da cuenta de su trabajo a su formador, que puede llamar su atención sobre eventuales errores técnicos y aconsejarle en cuanto a la forma de llevar la cura. El control prosigue hasta el momento en que el discípulo es capaz de trabajar solo. Durante este período de acompañamiento debe también adquirir un saber teórico mediante la lectura de las obras en que Freud y sus discípulos han consignado los resultados ya obtenidos.
Ahora les indicaré dónde se encuentran las escuelas que ofrecen este triple programa de formación y permiten obtener el título de maestro. Hace dieciocho años se constituyó por iniciativa mía, la Asociación Internacional de Psicoanálisis; agrupa a quienes se interesan por el psicoanálisis y tratan de preservar lo más posible la pureza del psicoanálisis según Freud, y de desarrollarlo como una disciplina aparte. Al fundar esta Asociación, tomé como principio el no admitir en ella más que a quienes se adhieran a las tesis fundamentales del psicoanálisis (hoy el análisis personal forma parte de las condiciones de admisión). Creía entonces, y aún lo creo, que una discusión fecunda sólo es posible entre quienes mantienen una misma línea de pensamiento; quienes toman como punto de partida otros principios básicos debieran disponer de un centro de actividad propio. Este principio, que todavía hoy aplicamos, nos ha valido el calificativo, no necesariamente halagador, de ortodoxos, término al que se le ha atribuido injustamente el sentido de reaccionario. Sin embargo, se ha demostrado que el progreso también arranca de los cismas y de las revoluciones, donde los jóvenes se muestran a veces más reaccionarios que los viejos. Hay dos desviaciones que se apartan de Freud, que me siento obligado a estigmatizar como reaccionarias en el plano científico. Una de ellas, vinculada al nombre de Jung, opera un retorno hacia el misticismo que nos parece superado: la otra, la “psicología individual”, se aproxima a los behavioristas rechazando la psicología, para esperar la salvación de una nueva organización social. La Asociación freudiana ortodoxa ha fundado numerosas filiales en diferentes países como Hungría, Austria, Alemania, Holanda, Inglaterra, y Suiza; en Estados Unidos, Francia, Rusia, India, y Japón se han constituido también asociaciones. Siguiendo la propuesta del doctor Eitingon, la asociación hermana alemana ha creado un Instituto de formación con comités de control, poniendo en práctica las condiciones para una formación regular. Tales institutos existen actualmente en Berlín, en Viena, en Londres y en Budapest.
Los sacrificios que el discípulo se impone en pro de su formación son considerables; tras haber obtenido tal o cual diploma debe permanecer dos o tres años más en las ciudades que acabo de citar y consagrar al menos la mitad de su tiempo exclusivamente a su análisis personal que le exigirá una hora al día. Dentro de poco tiempo esta exigencia será menos difícil de cumplir pues pronto todo centro cultural poseerá su propio instituto. Al principio, el psicoanálisis ha obtenido una buena acogida por parte de los alemanes, los anglosajones y los húngaros. Hace unos quince años, eminentes psiquiatras de la universidad de Burdeos exponían con un gran lujo de detalles, en su crítica del método analítico, por qué era incompatible con el espíritu latino y nunca sería aceptado. En aquel momento respondí que las diferencias nacionales y raciales no significaban nada en materia científica. Si las leyes de la física o de la psicología eran válidas, lo eran tanto en Alemania como en Palestina o en Francia; si no lo eran, había que exterminarlas del globo. Ustedes han escuchado con interés que el pueblo latino de Francia muestra una curiosidad creciente, aunque sea tardía, por el psicoanálisis. El profesor Claude, titular de la cátedra de psiquiatría de la universidad de París, simpatiza con nuestra ciencia; uno de sus asistentes, el doctor Laforgue, ha fundado un grupo de París cuya vicepresidenta, la princesa María de Grecia, de la familia Bonaparte, acaba de conceder una importante subvención a nuestro compatriota, el etnólogo húngaro doctor Géza Röheim, para efectuar en Australia Central un estudio psicoanalítico de los pueblos más primitivos del mundo.
Espero que a pesar de la resistencia latina que existe también entre ustedes, se forme un grupo en torno a M. Ballesteros para que el análisis pueda desarrollarse en este país sin depender de la ayuda extranjera.
Acaban de decirme que un etnólogo analista y un jurista han constituido un grupo analítico. Pueden sorprenderse ustedes y preguntar si el análisis no pertenece a la ciencia médica. Responderé de forma negativa: el análisis es una nueva psicología que debe enseñarse en todos los terrenos en que se trate del psiquismo humano. Sea cual fuere este campo, su ámbito de aplicación principal lo constituyen las perturbaciones neuróticas y psicóticas que presentan un cuadro formado por las actividades psíquicas poco visibles en el sujeto normal, proporcionando así una posibilidad única de familiarizarse con la ciencia analítica. No es necesario ser médico para comprender estos mecanismos. Hasta ahora no se ha establecido ninguna relación entre el organismo físico y la anatomía cerebral por una parte y entre la psiquiatría y la ciencia de las neurosis por otra, a pesar de la gran calidad de los resultados obtenidos en el terreno orgánico. Por esta razón, cualquier sociólogo, pedagogo o criminólogo hallará el camino abierto para familiarizarse con el psicoanálisis, aunque sólo posea una formación biológica superficial. Iré incluso más lejos: en un futuro aún lejano, yo exigiría que cualquier padre o madre de familia adquiriera una formación analítica, porque la suerte de las generaciones venideras está en sus manos.
No ha sido únicamente el espíritu latino él que ha considerado con recelo al psicoanálisis, sino que también el ámbito oficial de las Facultades ha pensado del mismo modo. Los psiquiatras han comenzado con treinta años de retraso a efectuar las primeras experiencias, llamadas catárticas, de Breuer y Freud, que ahora ya están muy superadas. Nuestra gratitud se dirige a los escritores y a los artistas que no están inhibidos por el pensamiento tradicional. Ha sido su interés y su comprensión la que ha defendido al psicoanálisis contra los sabios que amenazaban con ocasionar su pérdida definitiva. Hoy los propios sabios nos tienden una mano amistosa, en compañía de otros intelectuales, justificando la esperanza de que pronto se unirán a nosotros para trabajar en esta nueva psicología.
 
Notas:
1.- Extracto de un ciclo de Conferencias celebrado en Madrid, en 1928.
(Sandor Ferenczi. Obras Completas, Psicoanálisis Tomo III, Ed. Espasa