Ernst Simmel. Schloss Tegel, de las neurosis de guerra a la fundación del primer sanatorio de atención psicoanalítica.

Ernst Simmel.

Schloss Tegel , de las neurosis de guerra a la fundación del primer sanatorio de atención psicoanalítica.

Hugo Arce.

Presentado dentro del marco pioneros del psicoanálisis II
15/ 04/ 2018

 

Psicoanálisis Ciudad de México

 

 

La trinchera

La primera guerra mundial marcó el primer conflicto internacional del siglo XX. El asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona austro-húngara, y de su esposa, la archiduquesa Sofia, en Sarajevo el 28 de junio de 1914, dio inicio a las hostilidades, que comenzaron en agosto de 1914, y continuaron en varios frentes durante los cuatro años siguientes.

Durante la primera guerra mundial, las potencias de la “Entente”; Gran Bretaña, Francia, Serbia y la Rusia Imperial (a las que más tarde se unieron Italia, Grecia, Portugal, Rumania y Estados Unidos). Lucharon contra las potencias “Centrales”: Alemania y Austria- Hungría (a las que más tarde se incorporaron la Turquía Otomana y Bulgaria).

El entusiasmo inicial de todas las partes respecto a una victoria rápida y decisiva se desvaneció cuando la guerra se empantanó en un punto muerto de costosas batallas y guerra de trincheras y fortificaciones en el oeste se extendió en su punto máximo a 475 millas (764 Km), aproximadamente desde el mar del norte hasta la frontera suiza, y definieron la guerra para la mayoría de los combatientes norteamericanos y de Europa Occidental. La vasta extensión del frente oriental impedía una guerra de trincheras a gran escala, pero la escala de conflicto era equivalente a la del frente occidental. También hubo intensos combates en el norte de Italia, en los Balcanes y en la Turquía Otomana. Los combates tuvieron lugar en el mar y, por primera vez, en el aire.

En abril de 1917, se produjo un cambio decisivo en las hostilidades cuando la política de guerra submarina irrestricta de Alemania sacó a Estados Unidos del aislacionismo y lo llevó al centro del conflicto. Las nuevas tropas y el nuevo material de la Fuerza Expedicionaria Estadounidense bajo el mando del General John Pershing, junto con el bloqueo en constante aumento de los puertos alemanes, a la larga ayudaron a cambiar el equilibrio del esfuerzo bélico a favor de la Entente.

Apenas conseguida, esta ventaja para las fuerzas de la Entente fue compensada por los sucesos que tuvieron lugar en el teatro de operaciones oriental de la guerra. Desde comienzos de 1917, Rusia, una de las potencias principales de la Entente, había sufrido una gran agitación. En febrero de ese año, el mal manejo de la guerra por parte del gobierno zarista había contribuido a inspirar un nuevo popular: La revolución de febrero. La revolución forzó la abdicación de zar Nicolás II y puso en el poder un Gobierno Provisional de facciones liberales y socialistas, que a fin de cuentas estaba bajo el mando del miembro del partido socialista Revolucionario, Alexander Kerensky, Este breve experimento con la democracia pluralista fue caótico y en los meses del verano, el continuo deterioro del esfuerzo bélico y una situación económica cada vez más calamitosa provocó disturbios por parte de los trabajadores, los soldados y los marinos rusos (los días de julio).

El 24 y 25 de octubre de 1917, las fuerzas bolcheviques (izquierda socialista) al mando de Vladimir Lennin tomaron los principales edificios de gobierno y asaltaron el Palacio de Invierno y luego la sede del nuevo Gobierno en la capital de Rusia, Petrogrado (actual San Petersburgo). La “gran Revolución Socialista de Octubre”, el golpe marxista exitoso de la historia, desalojó al ineficaz Gobierno Provisional y finalmente estableció una República Socialista Soviética bajo al dirección de Lennin. Las radicales reformas sociales, políticas, económicas y agrarias del nuevo Estado soviético en los años de la posguerra inquietarían a los gobiernos democráticos occidentales que, temían tanto la expansión del comunismo por toda Europa, que estuvieron dispuestos a transigir o sosegar a regímenes de derecha en las décadas de 1920-1930.

Pero el efecto inmediato de la Revolución Rusa en el escenario europeo fue una brutal y prolongada guerra civil en tierras rusas (1917-1922) y la decisión de los líderes bolcheviques de hacer las paces por separado con Alemania del Kaiser. Cuando las negociaciones fracasaron totalmente debido a las exigencias alemanas, el ejército alemán lanzó una ofensiva general en el frente oriental, que produjo el tratado de Paz de Brest-Litovsk el 6 marzo de 1918.

Pese a los éxitos alemanes, los ejércitos de la Entente repelieron el ejército alemán en río Marne. En los meses del verano y el otoño de 1918, avanzaron sostenidamente contra las líneas alemanas en el frente occidental (ofensiva de los cien días).

Las Potencias Centrales comenzaron a rendirse, empezando con Bulgaria y el Imperio Otomano, en septiembre y octubre, respectivamente. El 3 de noviembre, las fuerzas austrohúngaras firmaron una tregua cerca de Padua, Italia. En Alemania, el amontonamiento de marinos de la armada en Kiel desencadenó una amplia revuelta en las ciudades costeras alemanas, y en las principales áreas municipales de Hannover, Frankfurt del Meno y Munich. Consejos de trabajadores y soldados, basados en el modelo soviético, iniciaron la llamada “Revolución alemana”; la primera “República de consejos” fue establecida bajo la dirigencia del demócrata social independiente, Kurt Eisner en Bavaria. El sólido Partido Social Demócrata de Alemania bajo la dirigencia de Friedrich Ebert, veía a los consejos recientemente establecidos como un elemento desestabilizador, y abogaba, en su lugar, por las demandas de la opinión pública alemana de una reforma parlamentaria y de paz.

El 9 de noviembre de 1918, en medio de un descontento generalizado y tras haber sido abandonado por los comandantes del ejército alemán, el emperador Guillermo II abdicó el trono alemán. Ese mismo día, el delegado del SDP Philip Scheidemann proclamó la República de Alemania, con un gobierno provisional dirigido por Friederich Ebert. Dos días más tarde, representantes alemanes, dirigidos por Matthias Erzberg de partido Centro Católico, se reunieron en un vagón en el bosque de Compiégne con una delegación de las potencias victoriosas de la Entente al mando del Mariscal de Campo francés Ferninand Foch, comandante general de las fuerzas de la Entente, y aceptaron los términos del armisticio.

La primera guerra Mundial representó una de las guerras más destructivas de la historia moderna. Como consecuencia de las hostilidades murieron casi diez millones de soldados, cifra que supera ampliamente la suma de las muertes militares de todas las guerras de los cien años anteriores. Si bien es difícil determinar con precisión las estadísticas de las bajas, se calcula que 21 millones de hombres fueron heridos en combate.

Las enormes pérdidas a ambos lados del conflicto, en parte, fueron el resultado de la introducción de nuevas armas, como la ametralladora y el gas, así como el hecho de que los jefes militares no adaptaron sus tácticas a la naturaleza creciente mecanizada de la guerra. La política de desgaste, particularmente en el frente occidental, les costó la vida a cientos de miles de soldados. El 1 de julio de 1916, la fecha en que se produjo la mayor pérdida de vidas en un solo día, en Somme sólo el ejército británico sufrió mas de 57.000 bajas. Alemania y Rusia registraron la mayor cantidad de muertes de militares: aproximadamente 1.773.00 y 1.700.000, respectivamente. Francia perdió el 16% de sus fuerzas movilizadas, la tasa de mortalidad más alta en relación con las tropas desplegadas.

Ningún organismo oficial llevó la cuenta minuciosa de las pérdidas de civiles durante los años de guerra, pero los estudiosos afirman que 13 millones de no combatientes murieron como consecuencia directa o indirecta de las hostilidades. La mortalidad de las poblaciones de militares y civiles llegó al punto máximo al finas de la guerra con el brote de la “gripe española”, la más mortífera epidemia de influenza de toda la historia. Las perdidas industriales y de propiedades fueron catastróficas, especialmente en Francia y Bélgica, donde los enfrentamientos habían sido más intensos. (USHMM.ORG)

El papel de la propaganda como método de persuasión y adoctrinamiento popular fue fundamental, pues el deseo de victoria iba acompañado de la exaltación de valores nacionales de cada nación.

El esfuerzo ideológico se centró, en su mayoría, en difundir propaganda optimista sobre las propias fuerzas, exagerando la debilidad del adversario. En la primera Guerra Mundial, además de campañas de intoxicación informativa o de manipulación, se emplearon formas ortodoxas de comunicación, y por supuesto, aquellas que se habían desarrollado en la publicidad a lo largo del siglo XIX.

Sobre todo, la prensa y el cartel, que se convirtió en un elemento trascendental, de los que se hicieron, en algunos casos tiradas muy amplias.

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Tanto en prensa como en los carteles, se emplearon mensajes destinados a canalizar emociones, tanto de valor como de odio, a estimular el esfuerzo industrial, a promocionar el ahorro de determinados productos, como combustible y ciertos alimentos, a pedir discreción ante el peligro de los espías, a obtener prestamos de guerra, a organizar servicios sanitarios, de bomberos o de policías, etc. También las organizaciones caritativas hacían campañas destinadas a ayudar a los combatientes, a los prisioneros de guerra, los mutilados y las víctimas civiles.

La guerra de trincheras hizo que el frente interno fuera tan importante como el frente de batalla, lo que produjo la extensión de la propaganda a la población de la retaguardia. El estancamiento militar hizo de la propaganda exterior a los neutrales un elemento fundamental.

La primera guerra mundial fue el momento en que el estado capitalista tomó por primera vez el control masivo y totalitario de la información, mediante la propaganda y la censura, con una única finalidad: la victoria en la guerra total.

Como en todos los demás aspectos de la vida social. La primera guerra mundial marcó el principio de la absorción y del control del pensamiento y de la acción social.

El advenimiento de la guerra planteó a las clases dominantes un problema históricamente sin precedentes, aunque todas sus implicaciones fueron apareciendo poco a poco a medida que avanzaba la guerra.

Fue, primero, una guerra total que involucró a masas inmensas de tropas. Segundo, y en parte como consecuencia de tal masividad, la guerra incorporó a toda la población civil en la producción de equipos directamente para la ofensiva (cañones, fusiles, municiones) o la fabricación de uniformes, abastecimientos y transportes. A los hombres se les mandó en masa al frente; y a las mujeres a fábricas y hospitales. También había que financiar una guerra; era imposible obtener unas cantidades tan enormes alzando impuestos, de modo que una de las preocupaciones mas importantes de la propaganda estatal fue hacer llamamientos al ahorro por la nación vendiendo bonos de la defensa nacional. Puesto que toda la población tenia que participar directamente en la guerra, toda la población debía estar convencida de que la guerra era justa y necesaria.

Testimonios

La guerra de las trincheras o guerra de posición es una forma de hacer la guerra, en la cual los ejércitos combatientes mantienen las líneas estáticas de fortificaciones cavadas en el suelo y enfrentadas. La guerra de trincheras surgió a partir de una revolución en las armas de fuego y a un incremento en su poder, sin que hubiese al mismo tiempo un aumento de movilidad y en las comunicaciones, llegó a su punto máximo de brutalidad y mortalidad en el frente oeste.

La vida en las trincheras.

“Esos tres días pasados encogidos en la tierra, sin beber ni comer; los quejidos de los heridos, luego el ataque entre los alemanes y nosotros. Después, al fin, paran las quejas, y los tanques, que nos destrozan los nervios y nos apestan, no nos dan tregua alguna, y las terribles horas que se pasan con la máscara y las gafas en el rostro, ¡los ojos lloran y se escupe sangre!, después los oficiales que se van para siempre; noticias fúnebres que se transmiten de boca en boca en el agujero, y las órdenes dadas en voz alta a 50mts de nosotros; todos de pie; luego con el pico bajo las terribles balas y el horrible ta-ta-ta de las ametralladoras.”
(Carta de un solado francés. Verdún, marzo de 1916).

“Varios soldados heridos concuerdan en que si insisten en enviarnos a morir de forma tan estúpida como hasta ahora, entonces les daremos un poco de su propia medicina por el trasero, para que también sepan cómo se siente.”
(Carta anónima del 21 de febrero 1917 desde Stuttgart).

“Estamos bastante cerca de los franceses… nos lanzan papeles donde nos avisan que de su lado el asalto es inminente y nos piden que abramos fuego para detener esa ofensiva.”
(Carta al cabo Adolf Benedict de junio de 1915 a sus padres).

“No tengo la más remota idea para qué debemos seguir luchando, quizás para que los periódicos pueden publicar una historia que no es la real… Quien desea que la guerra continúe no puede ser llamado nunca más “ser humano.”
La desesperación no puede ser mayor en territorio enemigo, así como en casa. Solo puede quedar quedar gente que no tiene idea de todo esto.”
(Carta desde el frente occidental fechada el 17 de octubre de 1914.)

“Viernes 25 de febrero:

El ejército de 250.000 a 300.000 hombres bajo el mando del comandante Kronprinz se precipita sobre nuestras trincheras que defienden Verdún. Hasta ahora no parecemos. Hay que soportar el golpe sin decaer. Nuestras tropas han cedido terreno bajo la avalancha de hierro de la gran artillería y bajo la impetuosidad del ataque. Los comunicados de Berlín, muy tranquilos, dicen que las líneas francesas han sido destruidas ya sobre un frente de 10Km. Sobre una profundidad de 3Km.

Las pérdidas son inmensas en ambos lados. Nosotros habíamos perdido 3.000 prisioneros y una gran cantidad de material. Nuestros comunicados, muy sobrios, indican que hemos debido ocupar las posiciones de repliegue, pero nuestro frente no había sido hundido.

Miércoles 29 de marzo:

La batalla de Verdún, la más larga y más espantosa, de la historia universal, continúa. los alemanes, con una tenacidad inaudita, con una violencia sin igual, atacan nuestras líneas que machacan y roen (…) Nuestros heroicos soldados están bien a pesar del diluvio de acero, líquidos inflamables y de gases asfixiantes.” (Paisot, 1996)

Un siglo después de la Gran Guerra, que fue el primero que vio términos como Shell-shock, neurosis de guerra e histeria de guerra, fue para describir los síntomas de las guerra en las trincheras, hay mucho que investigar sobre como la guerra industrializada moderna hizo añicos a mentes y cuerpos humanos, las respuestas traumáticas a la guerra son complejas, se aludía a médicos para definir y controlar las heridas psicológicas, se exploraban experiencias personales con traumas y diversas condiciones sociales, políticas y culturales que configuraron las percepciones de los traumatizados, así como las percepciones de las víctimas de la cultura, la sociedad y el recuerdo de la Primera Guerra mundial. El grupo se expande a las víctimas de la guerra en contextos sociales, políticos y culturales diversos que fueron destrozados no sólo por la experiencia de la trinchera, sino también por la larga lista de términos de efectos físicos, políticos y económicos de la guerra.

El impacto traumático de la Gran Guerra fue subjetivo y sus significados se dividieron a lo largo de líneas de genero, políticas y experienciales.

Las voces de los hombres, mujeres y niños mentalmente destrozados por la guerra revelan una amplia gama de problemas emocionales a raíz a de la violencia masiva, que requerían la sensibilidad a las diferentes formas en que los sobrevivientes experimentaron un trauma. Mientras que los hombres sufrieron bajo la artillería y el fuego de ametralladoras de la guerra moderna, sus dependientes soportaron la privación económica y el estrés psicológico en el frente doméstico. Cuando los hombres volvieron a casa, los roles de las mujeres y los niños como dependientes se revirtieron, cuando las familias tuvieron que lidiar con hombres dañados, tanto física como emocionalmente. Mientras los doctores militares y proveedores de salud estatales a menudo estigmatizaban a los hombres de “histéricos” como cargas no masculinas que no pasaban la prueba del ideal guerrero, y los acusaban de eludir a su deber y convertirse en víctimas del estado de bienestar, esposas e hijos se convirtieron en el sostén y cuidadores, las heridas traumáticas sufridas por los hombres a menudo se transmitieron a sus familias que fueron testigos de los efectos de la guerra de cerca y que internalizaron estas cicatrices emocionales con sentimientos de culpa, ira y resentimiento.

Las memorias traumáticas que atormentaban a los hombres provocaron estallidos de violencia doméstica, sentimientos de inferioridad y vergüenza que dejaron a sus familias emocionalmente traumatizadas. Al mismo tiempo, las mujeres tuvieron que lidiar con estos hombres, y la segunda generación de niños criados en estas casa rotas, no fueron simplemente efectos secundarios de un trauma central o parte de una experiencia colectiva. En el periodo de la posguerra, los recuerdos y experiencias de las mujeres con el trauma fueron relegados a un estado secundario a medida que el patriarcado se reafirmaba. Lucharon por el reconocimiento de la particularidad de sus heridas, así como los sacrificios y responsabilidades que les exigían cuando cuidaban a los hombres dañados y, más que símbolos de duelo y pérdida, se convirtieron en una parte esencial de la recuperación emocional y física de las personas y la nación.

En la batalla de Marne en septiembre de 1914, los soldados ingleses comenzaron a circular cuentos extraños: un grupo de hombres había sido descubierto en primera línea, de pie, en servicio, alerta, listo para la acción, pero ya no estaban vivos. “todas estas actitudes normales de la vida fueron imitadas por estos cadáveres”, informaba The Times History of The War (1916), elaborando la historia dos años más tarde, “ se encontraron sus cuerpos posando en todo tipo de posiciones, y la ilusión era tan completa que a menudo los vivos le hablaban a los muertos antes de darse cuenta del verdadero estado de las cosas. De tales rumores surgió la impresión de que la enorme potencia de fuego de la artillería recién mecanizada podría conducir a un daño cerebral prácticamente indetectable por el impacto de fragmentos microscópicos de mortero. Tomada tanto por los militares como por los observadores civiles, esta persistente idea condujo a un nuevo término usado por las trincheras desde noviembre y diciembre de 1914 y por muchos médicos de Francia y Gran Bretaña durante la guerra cuando se refería a lesiones cerebrales. No fue una coincidencia que una caparazón (Shell) astillada estuviera ahora conectada aun “choque” (shock) borrado, su significado estaba relacionado también con la tecnología de la guerra y los trastornos médicos, el nerviosismo y la tensión emocional, así como el colapso del sistema circulatorio.

El incidente de Marne es adecuadamente mítico, pero oscurece una historia más compleja de conocimiento médico, tecnología industrial y modernidad urbana cuando interactúan para crear una epidemia a principios del siglo XX.

George Simmel observó las condiciones para esta confluencia en 1903, la tecnología industrial, pensó, había transformado la experiencia humana: la velocidad, el ruido, la tensión nerviosa eran ahora las características definitorias de la vida urbana, que tenía que tenía una nueva cualidad de “exactitud calculadora” observable en el cronometraje de la persona que viajaba por la oficina, los trazos con los dedos de la secretaria de mecanografía y las mediciones de tiempo y movimiento del gerente científico de planta.

Lo que George Simmel no notó fue la consecuente necesidad de retirarse de la vida cotidiana. Si las variedades de angustia no eran en si mismas una razón para abandonar las rutinas y restricciones del mundo ordinario, el desorden físico sancionó el papel del enfermo: hizo una ruta de escape. Las presiones se manifestaron en consecuencia en síntomas físicos variados, entre ellos ataques, desmayos y parálisis.

Estos síntomas constituyen una expresión idiomática de sufrimiento y enfermedad: un estilo físico para expresar de sufrimiento y enfermedad: un estilo físico para expresar el dolor interno, ligado en el tiempo y en la cultura. El nuevo estilo de enfermedad se discutió en los tribunales, las clínicas y los comedores de oficiales: comenzaron los legisladores de seguros hacer que los empleadores sean responsables de las lesiones por estrés en el lugar de trabajo y los propietarios responsables de los accidentes ferroviarios traumáticos; Los médicos comenzaron a examinar los efectos de la fatiga laboral. Del mismo modo, a medida que utilizaban sistemas de transporte y proyectiles más precisos y potentes, los generales se enfrentaron con informes sobre lesiones desconocidas en el campo de batalla. Le llamada “histeria” de los soldados de la Primera Guerra Mundial se puede ver mejor entonces, como parte de una locura mas amplia que despegó en Europa Occidental y América en la década de 1870 y respondió a las tensiones y ansiedades de la sociedad industrial urbana, lesión y mutilación propios, la Primera Guerra mundial refinó aún más este estilo y por lo tanto un lenguaje de neurosis traumática. (Lesse,2002)

En el comienzo, la suposición de los síntomas de los soldados dependía de una alteración orgánica como producto del choque expansivo de una explosión, estaba muy extendido el término en Inglaterra, como lo atestigua el nombre que se le otorgó; Shell-shock.

Repercusiones

En estos momentos Europa y el movimiento psicoanalítico internacional estaba en ruinas, el número de lectores de las revistas psicoanalíticas cayó precipitadamente, pues las que se publicaban en Alemania y Austria de pronto se quedaron sin compradores en Inglaterra, Rusia, Francia y, más tarde, Estados Unidos. En 1915, la escasez de papel y tinta amenazaron su publicación. (Makari, 2008)

Muchos psicoanalistas fueron reclutados y empleados como médicos y cirujanos de emergencia.

Freud escribe: “nuestras revistas se acercan a la interrupción; podremos seguir con el Jarbuch. Todo lo que deseábamos cultivar y cuidar, debemos ahora dejar correr libre.” (Correspondencia Freud-Jones)

La única revista sobreviviente publicada con regularidad en el mundo era la recién fundada Psychoanalytic Review en Estados Unidos.

En Viena, La sociedad psicoanalítica tuvo dificultades para reunirse, el comité secreto dejó de operar, el reservorio de pacientes internacionales de Freud se había agotado. En 1914, estaba tratando a un paciente. (Correspondencia Freud-Ferenczi, p 24. Vol II)

Freud se libró de las labores editoriales, de las políticas, la administración, de las epistolares, y las clínicas que lo habían ocupado durante la última década.

Freud intentaría defender el psicoanálisis de la sospecha de ser alguna especie de culto, y trabajaría para marginar a Carl Jung y Alfred Adler. Freud se lanzó a la cuestión de cómo definir el inconsciente. Desdeñaba el inconsciente de Jung, pero encontraba más desafiante la posición de Adler. Adler parecía comprender algo que Freud no había desarrollado adecuadamente: la fuerza de la agresión y su lugar en los empeños conscientes y voluntariosos. En esta batalla contra Adler, el profesor adopto su ya conocida estrategia de tomar lo que encontraba valioso, sintetizarlo con sus teorías preexistentes y luego desestimar lo demás. Añadiría los bocados más suculentos de las teorías de Adler al estofado freudiano y motivaría al lector a dejar podrir el resto. (Makari, 2008)

Esta estrategia se convirtió en “Introducción al narcicismo”.

Avanzaba el tiempo y la guerra se había convertido en más sangrienta, para los psiquiatras que únicamente creían que el Shell- Shock era de base neurológica, “la razón para la enfermedad era simple”. El defensor más famoso, viejo rival de Charcot fue Hermann Oppenheim, se hizo famoso al argumentar que las neurosis traumáticas eran el resultado de una daño cerebral microscópico y extendió su lógica hacia las neurosis de guerra. Pero la teoría de Oppenheim tenía puntos débiles. Por ejemplo, ¿qué causaba la neurosis de guerra en hombres que no estaban en el frente, hombres que se encontraban lejos de explosiones y disparos?

En Alemania, la rápida proliferación de estos casos había permitido la recuperación de la categoría de “neurosis traumática”, acuñada por Oppenheim en 1889 y reconocida poco tiempo después por la ofician imperial de seguros, en el contexto de la implementación estatal de seguros por accidentes. (Schaffner, 2001) Pero esta categoría nosográfica había caído rápidamente en desuso, cuando buena parte de los médicos lo responsabilizaron del número de reclamos de compensaciones y de diserciones laborales. (Sanfelippo, 2017)

Oppenheim creía que estos hombres no debían regresar a combate, pero las autoridades militares se negaron a aceptar esa opinión. Para finales de 1916, algunos médicos buscaron estrategias para enviar de nueva cuenta al frente a los hombres con este trastorno, argumentando que fue una conmoción psíquica los había traumatizado. Jules Déjerine propuso un choque emocional causaba la neurosis de guerra, Babinski declaró que esta enfermedad era causada por la sugestión de los médicos ignorantes; los neuróticos de guerra no debían ser alentados a continuar su farsa sino ser llevados bruscamente de regreso al frente. (Shephard, 2001)

En Alemania y Austria Wagner-Jauregg, defendió el uso de los electroshocks con la esperanza de que las dolorosas ráfagas de electricidad hicieran a estos simuladores histéricos entrar en razón.

En 1916 Karl Abraham se había convertido en director de una estación psiquiátrica en Allestein y pudo probar métodos psicoanalíticos en víctimas de neurosis de guerra, Ferenczi fue transferido a Budapest para dirigir un pabellón de neurología en donde comenzó a experimentar con la vieja estrategia catártica de Breuer y Freud, realizó una conferencia dirigida a los médicos de ese hospital, publicada un año después bajo el título “dos tipos de neurosis de guerra (histeria) (Ferenczi, 1917). Había un problema, hacía tiempo se había rechazado la teoría del trauma y el trabajo catártico, y habían adoptado la etiología sexual de las neurosis.

En 1918, se realizó en Budapest el Quinto Congreso Internacional de Psicoanálisis. Tuvo la presencia de delegados de gobierno y oficiales militares de los imperios Alemán y Austro-húngaro, lo que podía interpretarse como un creciente reconocimiento oficial del psicoanálisis en el marco de la guerra y sus neurosis (Jones, 1953).

Un médico alemán hasta ese momento desconocido presentó resultados extraordinarios. Afirmaba haber curado una serie de neuróticos de guerra con una modificada del psicoanálisis. Su nombre no se encontraba en la lista de la Asociación Psicoanalítica Internacional, pero seria acogido por los freudianos que quedaban en ella. Ernst Simmel había asistido a las universidades de Berlín y Rostock, donde había escrito una tesis sobre psicogénesis y la dementia praecox. Simmel comenzó la práctica privada en 1913, pero un año después se encontraba en el cuerpo médico del batallón hasta 1916, año en que se convirtió en el director médico de un hospital militar especial en neurosis de guerra en Poznan. Como director de hospital de Poznan, Simmel rechazó el “sistema de tortura”, las “curas de hambre, los cuartos oscuros, la prohibición de cartas, las dolorosas corrientes eléctricas”, también observó que el uso indiscriminado de la sugestión no era efectivo. En su tratamiento, utilizaba un muñeco en el que el paciente podía descargar sus agresiones reprimidas. (Ferenczi, S., Abraham, K., Simmel, E., y Jones, E. (1921), psychoanalysis and the war neuroses.)

Simmel recurrió a una combinación de hipnosis y psicoanálisis. Al ser un extraño del movimiento psicoanalítico, no le preocupaba la pureza de la doctrina; no le importaba si esto era Freud o Adler o Jung. Él quería algo que pudiera utilizar efectivamente para tratar a un gran número de pacientes. (Makari, 2008)

Optó por el método catártico combinado con el análisis, la interpretación de los sueños y la hipnosis. Simmel encontró los sueños de sus pacientes particularmente reveladores y sostuvo que no trataría pacientes cuyos “sueños no conozca.” (Ferenczi, S., Abraham, K., Simmel, E., y Jones, E. (1921), psychoanalysis and the war neuroses.)

… Y quien es ese Simmel.

Simmel nació en Breslau, Alemania, en 1882. Se conoce poco acerca de su padre, pero Ernst era el menor de nueve hijos, presumiblemente de más de un matrimonio, Ernst pasó la mayor parte de su infancia en Berlín, donde su madre tenía una agencia de empleos para servicio doméstico.

Uno de los objetivos originales de Simmel era llegar a ser actor, pero su estatura menor al promedio – media un metro setenta y seis centímetros- no le favorecía. Ingresó en medicina a través del estudio de farmacia, obteniendo su diploma de médico en 1908. (Peck, 1968)

Simmel inició la practica de la medicina general en un barrio muy pobre de Berlín, donde trabajó hasta que comenzó la guerra en 1914.

Regresemos entonces al periodo de guerra, Simmel creía que los neuróticos de guerra reprimían experiencias dolorosas que actuaban como autosugestiones para causar sus síntomas. En dos o tres sesiones, Simmel descubrió que podía curar las neurosis de guerra y, para 1918, afirmó haber curado acerca de dos mil hombres. Las neurosis de guerra era el gran tema que la psiquiatría enfrentaba en 1918. Si el psicoanálisis podía proveer una respuesta, aseguraría la aceptación de los militares, y luego quizá la de la medicina académica y la sociedad en general. (Makari, 2008) Al escuchar hablar sobre el trabajo de Simmel, Freud, emocionado, escribió a Ferenczi “la medicina de guerra alemana ha mordido el anzuelo” (Freud-Ferenczi, Correspondencia. P265, vol II)

Sigmund Freud lo elogio en una carta a Karl Abraham del 17 de febrero: “Ésta es la primera vez que un médico alemán se sitúa totalmente, sin condescendencia protectora, en el terreno del psicoanálisis, se hace abogado de su utilidad eminente en la terapia de la neurosis de guerra, la prueba con ejemplos y da asimismo muestras de una perfecta honestidad en la cuestión de la etiología sexual. Es cierto que no sigue al psicoanálisis en todos los puntos, que se atiene en el fondo a un punto de vista catártico, aplicado con hipnosis [ … ]. Creo que un año de formación haría de él un buen analista.” En octubre, Simmel comenzó un análisis con Abraham, quien atemperó el entusiasmo de Freud: “De ningún modo ha superado el punto de vista Breuer/Freud. Presenta fuertes resistencias -de las que él mismo tiene una idea muy confusa ante la sexualidad [ … ]. Quizás evolucione. (Danto, 2010)

Las neurosis de guerra hicieron evidentes algunos supuestos básicos el psicoanálisis al demostrar nuevamente el poder de la causalidad psíquica, tanto consciente como inconsciente. En contra de aquellos que había puesto un gran énfasis en la herencia, la guerra mostró como el mundo podía enloquecer por completo a una persona. Y el trabajo de Simmel mostró que al comprender factores inconscientes, uno podía curar las desconcertantes enfermedades. La mitad de la síntesis freudiana estaba frente a los ojos del mundo. Y la guerra ofreció la prueba más concluyente sobre la existencia de un animal en el interior del hombre. Sin embargo, este animal no parecía ser primeramente sexual, sino cruel y violento, no psicosexual, más bien un psicópata homicida.

Simmel mientras formulaba sus afirmaciones, anotó que sus traumatizados de guerra albergaban sentimientos reprimidos, en su mayoría de carácter no sexual. Simmel también consignó que los sueños que él había estudiado con estos neuróticos de guerra no parecían ser sueños de cumplimiento de deseos. No se encontraba placer alguno en estas traumáticas pesadillas y concluyó más bien que estos sueños repetitivos eran intentos fallidos de catarsis. (Ferenczi, S., Abraham, K., Simmel, E., y Jones, E. (1921), psychoanalysis and the war neuroses.)

En Budapest, Simmel presentó asombrosos descubrimientos ante un grupo de psicoanalistas que apenas los conocían, Ferenczi y Abraham también presentaron sus visiones sobre las neurosis de guerra. Ferenczi ridiculizó a aquellos que insistieron en os rastornos neurológicos en dichos casos, argumentando que si Robert Gaupp hubiera etiquetado como “mitología del cerebro” esas lesiones cerebrales imaginadas, habría cometido una injusticia en contra de la mitología. (Ferenczi, S., Abraham, K., Simmel, E., y Jones, E. (1921), psychoanalysis and the war neuroses.)

La participación de Simmel, en el congreso fue, un éxito rotundo. Los representantes del ministerio de guerra de Prusia y el consejo militar de Budapest prometieron montar estaciones de trabajo psicoanalítico en el campo para tratar a los neuróticos de guerra. (ibid.,p.29)

El psicoanálisis estuvo a punto de ser adoptado e institucionalizado, vino la fortuna, se acabó la guerra. La fundación de Anton von Freund había prometido apoyar una editorial, la Internationaler Psychoanaytischer Verlag, una clínica para los pobres y un instituto. El dinero de Von Freund también hizo posible otorgar un premio que Freud otorgó inmediatamente a Simmel, Abraham y Rank (Makari, 2008)

Después de la guerra, Simmel cooperó en la fundación del Instituto de Berlín. Con la colaboración de Max Eitingon creó una clínica psicoanalítica y, con gran entusiasmo, bregó por su expansión. Estimulados por el talento organizativo y proselitista de Simmel, el Instituto y la clínica de Berlín se transformaron en un centro de preparación psicoanalítica para médicos y miembros de disciplinas auxiliares tales como consejeros matrimoniales y criminólogos. (Peck, 1968)

El espíritu de Weimar (Gay, 1968), florecía en el arte, la industria, amplío los limites de la cultura y la investigación para abarcar el cine y el teatro, la arquitectura, la música y la literatura. El periodo de Weimar estuvo signado también por el conflicto ideológico entre el conservadurismo ligado a la tradición progresista representado por el psicoanálisis.

Los médicos usaron las clínicas ambulatorias para tratar a los soldados que volvían con traumas de la guerra, en tanto que los grandes organismos ofíciales las usaron para promover el bienestar general de la sociedad. La participación en la “economía humana (se hizo) necesaria por el desperdicio de las vidas humanas durante los años de guerra y para, preservar a todas las naciones” (Simmel et al.1921). El modernismo funcionalista radical de la República de Weimar difundió su creencia en el progreso tanto en detalles triviales como en la planificación urbana en gran escala.

Los periódicos locales informaron sobre la inauguración oficial del la clínica. El anuncio (traducido del alemán) fue el siguiente:

“la asociación Psicoanalítica de Berlín abrió el 16 de febrero de 1920 una Policlínica para el tratamiento de enfermedades nerviosas, en la calle de W. Potsdamer 29, bajo la supervisión médica de los Dres. Abraham, Eitingon y Simmel. Las consultas son todos los días de semana, excepto los miércoles, de 9:00 a 11.30”.

El 24 de febrero se efectúo la inauguración con un “programa” de actividades que incluía un discurso de Karl Abraham y una muestra de música clásica y poesía, realizada por los miembros y amigos de la Asociasión. El propio Simmel leyó a Rilke (poemas extraídos del libro de las horas). Así mismo, se ejecutaron una sonata de Beethoven, algunas piezas de Chopin, piezas para canto de Schubert y Schoenberg, y canciones artísticas de Hugo Wolf. La jornada concluyó con la lectura de un trabajo de Abraham sobre “el surgimiento de la Poliklinik desde el inconsciente”. (Danto, 2007)

El compromiso de los freudianos de izquierda Ernst Simmel, Siegfried Bernfeld, Otto Fenichel y Wilhelm Reich es una de las características más llamativas de la República de Weimar. Estos analistas de segunda generación creían en la utilidad social del psicoanálisis. Se esforzaron por hacer que la experiencia freudiana fuera accesible a los estratos necesitados de la población que la Primera Guerra Mundial y la crisis económica alemana experimentaron tan duramente.

Ernst Simmel fue un jugador decisivo en la institucionalización del psicoanálisis. Esta primera institución, que estaba adscrita a un instituto de capacitación, debía llevar a cabo el proyecto de Freud en el Congreso de Budapest de 1918: hacer que el psicoanálisis fuera accesible a las masas. Simmel lo logró junto con Karl Abraham y Max Eitingon. Según él, la inserción del psicoanálisis en la cultura tenía que hacerse de forma concéntrica. Tenía que encontrar su origen en el tratamiento del individuo para extender sus efectos al círculo cercano del paciente que se beneficiaría directamente de la cura del paciente. A partir de ahí, los efectos del tratamiento psicoanalítico llegarían a la sociedad misma. (Sokolowsky, 2010)

La Primera Guerra Mundial había despertado la conciencia social de los analistas, y Freud, Max Eitingon y Wilhelm Reich, entre otros, buscaron legitimidad política y social formando clínicas comunitarias gratuitas y comprometiéndose con los gobiernos socialdemócratas posteriores a 1918. Su creencia en la dialéctica del psicoanálisis y la acción social era vinculante. Como Max Horkheimer (1948), el influyente filósofo marxista que dirigió el Instituto de Frankfurt para la Investigación Social durante su época más fértil, dijo que “la creencia de Freud en Simmel como uno de los pocos que lo entendió mejor y como un verdadero hermano de armas nunca cambió”. (p 113) El alcance de la propia transformación de Freud de un médico austriaco comparativamente tradicional en un hombre que habló por “clínicas ambulatorias donde el tratamiento será libre “(Freud, 1918) movió a los analistas a crear una serie de clínicas gratuitas: la Poliklinik de Berlín en 1920; el Ambulatorium de Viena, 1922; el Schloss Tegel y la London Clinic, ambos en 1926; la clínica de Budapest, 1929 y la red Sex-Pol. Schloss Tegel fue el primer modelo abierto de atención hospitalaria en psicoanálisis, y la escritura de Simmel aún resuena con su dedicación política para proporcionar atención institucional a personas pobres con psiques aparentemente ingobernables.

Esta sinergia entre el psicoanálisis y la lucha de clases permitió a Simmel practicar dentro de un marco marxista bastante específico: asistiría, en el Schloss Tegel y en el Poliklinik, al “proletariado” y al pueblo pobremente asegurado, cuya clase social fue explotada por el mismo hospitales de enseñanza que eximían a los pacientes privados de “pago elevado” de la exposición pública (Simmel, 1930). En Der Sozialistische Aerzte [El médico socialista] de 1925 y en otros escritos, Simmel contrastó el paradigma médico burgués del paciente individual: el médico individual con el paradigma socialista de grupos, equipos médicos y comunidades de pacientes. La precariedad psicológica de los pacientes analíticos cuya depresión se agrava por la pobreza es similar a la de una mujer en el parto. Ambos merecen más que compasión sin rostro y simpatía burguesa y en la práctica debería ser el único enfoque de un médico, en una habitación, durante una hora completa, independientemente de la capacidad de pago de los pacientes. Poner la vulnerabilidad humana en exhibición pública, incluso en un hospital de enseñanza, les da a los médicos el privilegio de explotar a los pacientes cuya desventaja de clase está enmascarada como un beneficio para la capacitación de los médicos. Así como Freud (1918) sostuvo “que las neurosis amenazan la salud pública no menos que la tuberculosis” (p.167), privar a los pobres de los efectos liberadores del psicoanálisis era el epítome de la opresión de clase. Por lo tanto, el desafío de Simmel no era tanto asegurar que las personas pobres recibieran atención, sino que la atención individual podría justificarse ideológicamente. En cierto sentido, quería privilegios burgueses para sus pacientes, pero también creía profundamente que la “naturaleza fundamentalmente igualitaria del psicoanálisis” (Simmel, 1930, p.167) alteraría este dilema de la práctica, que eventualmente incluso los psicoanalistas radicales como RD Laing falló al resolver. (Danto, 2010)

A principios de la década de 1920, Ernst Simmel fue galardonado simultáneamente con los presidentes de la Asociación Psicoanalítica Alemana (Deutsche Psychoanalytische Gesellschaft o DPG) y del Sindicato de Médicos Socialistas de Berlín. Los grupos de estudio de la Unión exploraron legalizar la jornada laboral de 8 horas (junto con sus implicaciones de salud y significado cultural), salud y seguridad ocupacional, licencia de maternidad para madres embarazadas y lactantes, leyes de trabajo infantil y medicina socializada. Lucharon por el control de la natalidad y contra la criminalización del aborto. Junto con Siegfried Bernfeld y Otto Fenichel, dos de los psicoanalistas más dinámicos políticamente, Simmel argumentó que la teoría y la práctica en conjunto, la praxis, tuvo un impacto político que ninguno de los dos elementos podía lograr. A este respecto, Poliklinik había tenido un éxito práctico e ideológico como clínica ambulatoria gratuita. Buscando una forma de expandirse en este logro, en 1921 Simmel comenzó a recaudar fondos para una instalación hospitalaria equivalente. En 1926, su visión se hizo realidad.

La arquitectura.

El hijo de Freud, Ernst, que era arquitecto e ingeniero, tuvo a su cargo el diseño de interiores. Se dispuso un conjunto de cinco habitaciones para tratamientos y consultas; el cuarto más amplio se destinó a sala de conferencias y reuniones. Los consultorios tenían aislamiento acústicos y puertas dobles. Su mobiliario consistía simplemente en “un diván de mimbre, un sillón y una mesa” (Obendorf,1926), más algunas lámparas de escritorio y cuadros sencillos colgados en las paredes. Pesados cortinados negros oscurecían los consultorios, en tanto que las ventanas del “salón de conferencias” dejaban entrar la luz a través de sus cortinas de muselina. (Eitingon, 1930)

Quien quisiera psicoanalizarse en Berlín en 1920 tenía que elegir entre un consultorio privado o una clínica. La búsqueda podría haber empezado con una visita a Karl Abraham, quien atendió en el barrio de Grunewald hasta su muerte en 1925, y haber continuado con un amplio recorrido circular a través de las zonas al oeste de la ciudad, encontrándose en el camino con Hans y Jeanne Lampl en Dahlem, Sandor Radó en Schmargendorf, Max Eitingon en Tiergarten, y, ya de regreso en Grunewald , con René A. Spitz. Si estas consultas resultaban poco exitosas, aún restaba la Poloklinik für Psychoanalytische Behandlung nervöser Krankheiten en Postadamer Strasse, y  a partir de 1928 en un nuevo edificio en Wichmannstrasse, pero ambos en la zona de Tiergarten. Para una estadía más larga, Ernst Simmel había inaugurado la clínica psicoanalítica de Sanatorium Scholss en Tegel en 1927. Posiblemente nuestro hipotético paciente ignoraría que la búsqueda lo habría llevado a través de una secuencia de modernos interiores psicoanalíticos diseñados por Ernst L Freud (1892–1970), el hijo menor de Sigmund Freud y  un exitoso arquitecto de espacios domésticos en la época de Weimar en Berlín después de 1920 y en Londres a partir de 1933.

Desde fines del siglo diecinueve y en adelante, el apellido Freud se fue identificando gradualmente  con el psicoanálisis, pero en los años veinte, al menos en Berlín, el apellido era sinónimo de la creación de los primeros consultorios psicoanalíticos diseñados por un arquitecto. Desde el punto de vista intelectual,  la concepción del psicoanálisis de Sigmund Freud ha sido reconocida como una importantísima  contribución a la modernidad occidental. Desde el punto de vista arquítectónico, sin embargo, su consultorio y su estudio contiguo en el 19 de Berggasse en Viena, representaba todo lo que sus contemporáneos progresistas, como los arquitectos de la Arts and Craft y los reformistas higienisistas , consideraban erróneo con respecto a los espacios domésticos del siglo diecinueve. Atestadas de muebles y lleno de antigüedades, estatuas , libros, alfombras orientales, artesanías y el aromático humo de los cigarros, las habitaciones estaban cargadas sensorialmente y ofrecían una gran cantidad de oportunidades para que los pensamientos y las miradas vagaran como así también para que el antihigiénico polvo se acumulara.

Comparado con el consultorio de su padre, los  diseñados por Ernst Freud carecían  de desorden visual, de abundantes artesanías, de  figuras decorativas y de alfombras orientales, Sin embrago, había una claridad visual que,  tal vez no era exclusiva del arquitecto. Por ejemplo, a mediados de los años 20, el psicoanalista Pryns Hopkings, oriundo de Santa Bárbara, describió el consultorio londinense de Ernest Jones como “grande, pero a diferencia de su mentor, Freud, estaba casi desprovisto de muebles y de una atmósfera sombría”. A simple vista, las habitaciones de Freud parecían como si este buscara de manera deliberada  separarse arquitectónicamente del legado del padre. Él diseñó divanes de líneas claras, probó su ubicación en cada habitación, desarrolló sillas de diseño especial para psicoanalistas y combinó estas piezas con quizás uno o dos grabados del fundador del psicoanálisis, un escritorio con una silla, una cortina y  planta enmacetada. A juzgar por las pocas fotografías en blanco y negro que han sobrevivido, los consultorios de Ernst Freud  nos resultan diseños modernos, con un interior obviamente orientado a impresionar lo menos posible en la mente del paciente. Sin embargo, al inspeccionar más detenidamente, los consultorios muestran, a pesar de las diferencias estilísticas, que Freud ha estudiado de cerca el escenario del consultorio de su padre y ha adaptado aquellos elementos que el viejo Freud había  identificado como esenciales para el espacio psicoanalítico.
En concordancia con la práctica psicoanalítica contemporánea, el joven Freud concibió dos tipos de consultorios: Uno para prácticas privadas,  comúnmente ubicado al lado o dentro de la casa del psicoanalista. Esta disposición seguía la tradición establecida por su padre. El otro correspondía a la ascendente práctica de clínicas psicoanalíticas, donde varios analistas usaban diferentes consultorios. Tenemos conocimiento de seis diseños hechos por Freud para consultorios privados y cuatro diseños para clínicas establecidas en Berlín y Londres. Ninguno de los consultorios privados puede ser reconstruido íntegramente a partir de las imágenes y los dibujos. En la mayoría de los casos, no hay  fotografías o no han sobrevivido, y los dibujos de Freud para la disposición  de los divanes tienen apenas datos como nombre de los clientes, ubicación o fechas que poco sirven para orientarnos.

Ubicada justo al sur de Landwehrkanal, la policlínica resultaba algo incómoda para los visitantes que tenían que subir hasta el cuarto piso. A pesar de esto, Eitingon y Abraham quedaron satisfechos con el establecimiento. Ambos hombres hablaron muy bien de los interiores diseñados por Freud para la clínica, que se encontraban de hecho muy cerca de la casa del arquitecto cruzando el canal en Regenstrasse 11. Eitingon había financiado la empresa y como parte de su respaldo a Freud, su hijo fue convocado para remodelar sus interiores. Dos meses antes de que la clínica fuera inaugurada, Eitingon le comentó en una carta a Sigmund Freud que sus hijo los estaba ayudando “por completo con el equipamiento de la policlínica y el diseño de los muebles, encontró buenos artesanos y está supervisando todo el trabajo.” Cuatro semanas antes de la inauguración, Abraham le transmitió al viejo Freud  que “Ernst … ganó reconocimiento por sí mismo por su diseño de la policlínica que ha sido admirado por todo el mundo”. Un visitante describió en 1926 en un pasaje de Psychoanalytic Review  la clínica conformada por “cuatro habitaciones… ubicadas en el cuarto piso de un modesto edificio cerca del centro de Berlin”, cuyas habitaciones “estaban equipadas con  un simple sillón de mimbre, una silla y una mesa.” Las fotografías parecen no haber sobrevivido, si es que alguna fue tomada, ni siquiera tenemos alguna información sobre el color del proyecto.

En el otoño de 1928, Freud fue convocado para diseñar nuevos interiores para la policlínica cuando esta se mudó a un nuevo establecimiento en Wichmannstrasse 10. Cuando la policlínica celebró su décimo aniversario en 1930, se publicó un catálogo ilustrado con fotografías de algunos de los interiores diseñados por Freud. Una de estas imágenes muestra una sala de tratamiento, cuyo piso de madera pulido no está cubierto por ninguna alfombra y sus paredes parecen estar pintadas con pintura plástica. Al lado de la cortina de una ventana, hay un pequeño escritorio, una silla de madera torneada ubicada en un ángulo de 45 grados en la esquina de la habitación. La silla tiene un respaldo curvo y un asiento redondo y pareciera ser la Thonet B3 modelo que derivó de un diseño de Otto Wagner para el Postal Saving Bank en Viena. A la izquierda, apenas se alcanza a ver una planta; a la derecha, enfrente de la puerta, hay una silla tapizada  girada levemente hacia el espectador, oculta detrás de una cortina oscura. Al lado de esta, en paralelo a la pared, está el diván con un apoyacabeza tapizado cerca de la silla. Una pequeña fotografía de Sigmund Freud cuelga a la izquierda del cortinado oscuro, casi sobre el escritorio.

Otra fotografía da una idea del consultorio de un doctor en plena tarea, un espacio grande con bow window hacia la calle. Un mueble con puertas de vidrio en su parte superior y puertas de madera en su parte inferior se encuentra en la pared de la izquierda. Cerca del bow window cuatro sillas rodean una pequeña mesa. A la derecha se encuentra la silla del analista, seguida de un diván ubicado paralelo a la pared y parcialmente tapado a la vista por una columna.  La silla y el diván son del mismo tipo que aquellos del consultorio más pequeño. Una imagen cuelga arriba del diván y otras tres arriba del mueble, la imagen central es un grabado de la fotografía de Sigmund Freud que le tomó Ferdinand Schmutzer en 1926.

La ubicación del diván y la silla en los consultorios de la policlínica siguen de cerca las instrucciones de Sigmund Freud sobre la  de unocon respecto al otro como lo dejo asentado en un ensayo de 1913 Sobre la iniciación del tratamiento. Las imágenes de Freud, fueron, por supuesto, incorporaciones posteriores al conjunto, una práctica vista también en las fotografías que Edmund Engerlman tomó del consultorio de Anna Freud en Berggasse strasse 19 en 1938. Estos retratos ganaron importancia visual adicional debido a la apariencia ordenada de los consultorios. Con la excepción de la mesa de conferencias en la tercera habitación, Ernst Freud usaba productos masivos, modernas sillas torneadas y luces apropiadas. Esto último otorgaba una distinción moderna, por no decir vanguardista, a los interiores, ya que el arquitecto había elegido la lámpara PH del diseñador danés Poul Henningsen. (Welter, 2012)

Los berlineses se expanden.

El sanatorio de Schloss Tegel fue fundado en 1927, en un hermoso castillo en las afueras de Berlín. Ernst Simmel fue su fundador y director médico. A los pacientes se les ofrecía tratamiento psicoanalítico y terapia ocupacional psicoanalíticamente orientada,. No estaban encerrados, pero la idea consistía en que la trasnferencia positiva hacia los médicos los prevendría de cometer actos autodestructivos. Empleando el trabajo de Radó, Alexander y Groddeck, el hospital acogió a sujetos que padecían esquizofrenia, alcoholismo y adicción a las drogas, caracteres criminales, y algunas enfermedades médicas.

Freud buscó refugio a veces en este sanatorio para recuperarse de las operaciones quirúrgicas que se le practicaron por su cáncer. Su hijo Ernst había decorado el interior de esta institución, que tenía treinta camas. El personal (asistentes médicos con formación psicoanalítica y enfermeras) trató allí a muchos pacientes derivados por el instituto de Berlín.

El más ambicioso esfuerzo del joven movimiento psicoanalítico de Berlín fue, sin embargo, el Sanatorium Schloss Tegel, que abrió el 11 de abril de 1927. La idea fue de Ernst Simmel, quien fue el pionero en utilizar los principios del psicoanálisis para tratar la neurosis de los soldados durante la primera guerra mundial. La clínica nació por su interés en un tratamiento en inmovilidad pensado para aislar al paciente de su vida cotidiana. Estaba ubicado en la planta baja del castillo de Humboldt, también conocido como el castillo de Tegel. En 1906, una clínica privada Kurhaus Schloss Tegel se había establecido en ese solar. Ofrecía tratamientos médicos, terapias físicas, asesoría psicológica, especialmente para enfermedades crónicas y  nerviosas. Kurhaus Schloss Tegel fue un nuevo recinto de cuatro pisos  en despliegue, con varias torres, torretas,  balcones, bow-windows y trabajos en madera parcialmente expuestos que evocaban  las ideas románticas de la Alemania medieval. Los pabellones exteriores, que se encontraban en las cercanías con piscinas acuáticas y rodeados de jardines, permitían a los pacientes tomar agua y aire fresco mientras realizaban ejercicios saludables.

Los principios que guiaron a Simmel a Tegel fueron los siguientes. Primero, se debe promover la posibilidad de establecer una transferencia entre el paciente hospitalizado y el analista. Sin embargo, la multiplicación de los interventores hizo que la cosa fuera compleja ya que el paciente tendía a difuminar el amor y el odio sobre los cuidadores que lo rodeaban. Por lo tanto, era necesario operar de tal manera que la transferencia, en su ambivalencia, pudiera dirigirse a una sola persona. Algunas veces, la presencia de una transferencia de tipo superyoica al jefe de departamento se hizo evidente inmediatamente antes de que se estableciera una transferencia al psicoanalista. Este primer tipo de transferencia al jefe podría usarse para introducir algunas medidas terapéuticas iniciales. Por otro lado, era más complejo reducir la influencia que los pacientes tenían entre sí y esto podría interrumpir el proceso sin problemas del tratamiento trabajo analítico realizado. Fue para superar esta dificultad que se crearon talleres de terapia ocupacional.

En cualquier caso, la práctica de Simmel se basaba en la cuestión del superyó y el sentimiento de culpa, incluido el tratamiento psicoanalítico de las psicosis. El enfoque en la transgresión de un límite muestra que él aprehendió la clínica en el hospital por los efectos de la perturbación de la conducta moral, es decir, que ubicó el origen en el nivel ético . La superación de una barrera causada por la agresión inconsciente que el sujeto se volvió contra sí mismo correspondía al núcleo del superyó. Cuando se inició este proceso, no había límite.

Por lo tanto, Simmel tenía la intuición de que más allá de una cierta cantidad de agresión contra sí mismo, el sujeto podía volverse loco. En otras palabras, su concepción de la psicosis fue concebida sobre el modelo de la melancolía.
Simmel dio el ejemplo de un joven paciente psicótico hospitalizado que estaba atrapado en un estupor catatónico. Hipotetizó que este estupor correspondía al miedo inconsciente de la mujer de matar a su madre. Su deseo de castigo por semejante falta no fue menos significativo. Simmel le dijo que la corte no fallaría en castigarla severamente por eso. El efecto de esto fue inmediato, el paciente salió rápidamente de su silencio. El tratamiento analítico podría comenzar.

Dio un segundo ejemplo del tratamiento de la tendencia autodestructiva en otro paciente hospitalizado. Su necesidad de castigo había sido satisfecha al colocarla en una habitación que parecía una habitación de aislamiento. En esta habitación, la paciente soñó y el sueño abrió el camino al trágico episodio de su infancia. A la edad de 3 años, ella había matado a su hermano recién nacido. “Ya no tenía miedo de recordar su acto horrible porque su superyó fue aplacado por este encarcelamiento. Más tarde, mientras interrogaba a su familia, este recuerdo se estableció como un hecho. La neutralización de un superyó patológico: esta fue la orientación que guió la acción psicoanalítica de Simmel a los pacientes hospitalizados en Schloss Tegel.

La consideración de neuróticos y pervertidos adictos lo llevó a considerar que tenían que sacrificar la satisfacción, “una ganancia de placer” para que el tratamiento tuviera alguna posibilidad de éxito. Para que ocurra un cambio en una persona dependiente, era necesario obtener un cambio de carácter a nivel narcisista. Sin embargo, Simmel había descubierto que solo la compensación obtenida a través de la transferencia alcanzaría este objetivo. Fue para llamar la atención de sus colegas psicoanalistas en el entrenamiento de Schloss Tegel en el enlace existente entre la adicción y la introyección. “Es solo a través de la introyección de la bebida que el alcohólico se convierte en la persona que quiere amar”. En el análisis final, su madre “, enfatizó. Informó sobre el caso de un paciente alcohólico que había comenzado a cuidar a un gato pequeño en su habitación en el hospital, alimentándolo con leche a diferentes horas del día. La figura de la madre seductora y fácilmente seducida, a la que se identificó al paciente, estaba frecuentemente en el origen del Superyó de las personas dependientes. (Sokolowsky, 2010)
Inicialmente Simmel había contemplado la idea de comprar el edificio, el cual fue inspeccionado por Freud, quien concluyó que la remodelación y modernización requeriría una significativa inversión. En lugar de eso, Simmel lo alquiló, y los cambios que Freud hizo en la decoración pueden verse en un inventario que se realizó cuando el sanatorio colapsó financieramente como consecuencia de  la crisis económica del otoño de 1929. La sucursal de la cadena N. Israel ubicada en Berlín, especializada en suministros de hospitales y hoteles, construyó, en base a diseños de Freud, 25 sofá camas, 24 muebles , 22 camas, mesas de luz, escritorios y estanterías. Tres salas de tratamiento fueron equipadas con divanes, sillas y pequeñas mesas con tapas de vidrio, una vez más basadas en diseños de Freud. Otros equipamientos fueron para la residencia de Simmel y el cuerpo médico, comedores comunes, lounge, salas de espera y espacio de oficinas. El inventario se completaba con un Citröen..

Había un folleto publicitario del sanatorio  ilustrado con las imágenes de los interiores de Freud, en particular aquellos de una habitación simple y una sala de tratamiento. Ambas habitaciones muestran todo el desarrollo del estilo freudiano, si bien pertenecían a una institución y no al ámbito doméstico. Los pisos eran vinílicos cubiertos parcialmente con alfombras con diseños geométricos. Todos los muebles hechos en madera u ocasionalmente en mimbre fueron diseñados en base a líneas puras. Es notable el énfasis de los textos en los diferentes colores de las habitaciones y las formas geométricas y rectas de los muebles, ambos considerados como contribuyentes al proceso de curación. Se consideraba que el proceso terapéutico sería más exitoso si las habitaciones diseñadas simulaban interiores domésticos donde se desarrollan actividades, por ejemplo, livings, estudios u oficinas domésticas, antes q entornos como dormitorios, asociados típicamente a formas pasivas de relajación.

La sala de tratamiento, en contraste, es mucho más serena. El elemento más destacado es un diván que se coloca libremente en el centro del espacio con una pequeña mesita a su costado, al lado del apoyacabeza. Sigmund y Anna Freud colocaban sus divanes pegados a las paredes en sus respectivos consultorios. Ernst tomaría esta posición cuando diseñó la segunda policlínica de Berlín, aunque las condiciones precisas de su ubicación original no son conocidas. Pero en el Sanatorio de Tegel, el diván está colocado en una posición mucho más expuesta en el centro de la habitación.

Existen muy pocas imágenes de los consultorios de la época para decidir si esta  ubicación era nueva o estaba ampliamente aceptada. En 1938, cuando el arquitecto británico Christopher Nicholson diseñó un consultorio para Rosmery (Molly) Pritchard, propuso una posición similar para el diván.

El sillón de Pritchard estaba ubicado diagonalmente enfrente de la chimenea con la cabecera orientada hacia una pantalla curva que evitaba que el diván fuese visto desde la puerta de acceso. La posición del diván de hecho ha sido teorizada dentro del contexto inglés por el psicoanalista John Rickman. Durante los años cuarenta, mientras entrenaba estudiantes, Rickman usó una maqueta de un diván en pequeña escala y unas tiras de papel simbolizando las paredes del consultorio para discutir las diferentes opciones sobre donde colocar el diván. Al final de los cincuenta, la ubicación del diván en una posición completamente libre es conocida como un “quiebre con la tradición”.

El consultorio en el sanatorio de Tegel también cambió la relación espacial entre el paciente y el psicoanalista reposicionando la silla de este último. Las sillas de Sigmund Freud, de Anna Freud, y la de la segunda policlínica de Berlín estaban ubicadas cerca del extremo de la cabecera del diván. En los dos consultorios vieneses, las sillas se ubicaban inmediatamente detrás de la cabecera de los divanes y como estas estaban orientadas perpendicularmente hacia el último, los pacientes quedaban fuera del campo de visión del psicoanalista y viceversa. Semejante era la disposición en la segunda policlínica, donde el psicoanalista se ubicaba detrás del paciente, pero ahora rotado 30 grados hacia él. Aunque estaba más girado hacia el diván, el paciente seguía sin estar en la línea directa con la mirada del analista. En el sanatorio de Simmel, la silla se ubicaba en un ángulo similar hacia el diván pero en una esquina detrás de él, y mucho más alejado del mismo. En consecuencia, el paciente estaba ahora bajo la mirada del psicoanalista. El diseño de Nicholson iba aún más lejos  poniendo la silla en la esquina diagonal opuesta al diván, entonces el amplio campo visual resultante era de alguna manera interrumpido por la pantalla curva, aunque estos era aparentemente  experimentos excepcionales t poco conocidos de la ubicación espacialen el psicoanálisis. El libro de Trygve Braatøy editado en 1954, Fundamentos de la técnica del Psicoanálisis, recomienda ubicar la silla lejos del diván a 120 grados del mismo para asegurar tanto el aura como el contacto visual con el paciente; sus colegas se opusieron a esta propuesta temiendo “una revolución o un completo cambio de la posición.”

El diván que Freud diseñó para el sanatorio de Tegel seguía el modelo  tradicional vienés pero modernizado y  aún más puro. Era de 220 centímetros de largo, 52 cm de alto en el  extremo de los pies, y 80 centímetros de alto en el otro extremo. La cabecera se curvaba hacia arriba, recordando  la cabecera alta del diván original de Viena. Dos bisagras bajo un apoyapies curvo indicaban que el extremo vertical del tablero podía ser levantado, quizás para acceder a un espacio de guardado. Los dibujos de Freud del diván no indican ni colores ni materiales más allá de que la base estaba recubierta con vinilo.  Una pesada silla, otro diseño de Freud, acompañaba al diván. Dos marcos rectangulares hechos de madera formaban los costados y los apoyabrazos de la silla con un grueso asiento acolchado en el medio. El respaldo tapizado se inclinaba levemente hacia atrás. Debajo del asiento, un apoyapies recuerda las características de la silla  que era (y sigue siendo) tan popular en las playas alemanas a lo largo del Mar Báltico. Freud estaba familiarizado con estas sillas, ya que era el dueño de una casa de vacaciones en la isla de Hiddensee.

Los interiores del sanatorio de Tegel son los únicos conocidos por nosotros en donde Freud diseño un diván y una silla que estaban hechos a medida para el psicoanálisis.

Ninguna de estas piezas ha sobrevivido, aunque sepamos que otro tipo de diván del sanatorio fue enviado a Inglaterra, cuando su dueña, Eva Rosenfeld, una psicoanalista nacida en Berlín que trabajaba en Tegel , abandonó Alemania. Cuando el sanatorio de Simmel cerró a finales del 31, Rosenfeld recibió un diván en lugar de su último sueldo. Este sin embargo no fue el diván de tratamiento retratado en las fotografías, sino una camilla utilizada en el sanatorio que, una vez llegada a Inglaterra, fue utilizada como sillón de consulta. Cubierto en paño verde, era chato y rectangular, notablemente parecido a los sillones de consulta que Freud diseñó para otras locaciones además de la de Tegel.

En realidad, aparte de Tegel,  sus dibujos para divanes, tanto terapéuticos como domésticos, por lo general muestran piezas de mobiliario bajas y rectangulares con apoyabrazos cilíndricos en uno o dos de sus extremos. Dependiendo del destino, o de las intenciones de uso,  los dibujos estaban catalogados simplemente como “diván” o “diván de tratamientos”, ilustrando un pragmatismo que permitía de esta manera que sus diseños pudieran darle doble uso en contextos variados.

Simmel estaba interesado en el origen psicógeno de ciertos tipos de disfunción orgánica y quería demostrar un enfoque psicoterapéutico para su tratamiento.(Warburg, 1932) Tenía un interés particular en la esquizofrenia. Simmel quiso tratar la psicosis en Tegel, pero solo pudieron enfrentar casos de esquizofrenia y paranoia donde la enfermedad estaba en etapas iniciales y donde los pacientes habían retenido un contacto considerables con el mundo de los objetos .(Simmel, 1929)

Esto se debió a que el propietario bloqueó el plan original una sala bajo llave en Tegel, y que habría reducido el valor de la tierra. Aunque decepcionado por esto, Simmel Arreglo el uso de una sala cerrada de un hospital psiquiátrico cercano a sus pacientes psicóticos lo necesitaban. Clínicamente el sanatorio proporcionó un medio terapéutico total, donde los pacientes fueron tratados de acuerdo a los valores de la justicia social.

Las actividades de Simmel estaban impregnadas de principios socialistas y creía que todas las personas tenían derecho a un tratamiento psicoanalítico gratuito. Pero un sanatorio que brinda tratamientos gratuitos es muy costoso de ejecutar sin el apoyo del estado. Tegel fue subvencionado por grandes empresas de Viena y Berlín como una organización benéfica privada con fondos donados por la Sociedad Psicoanalítica de Berlín. Sin embargo tegel siempre tuvo dificultades económicas. El sanatorio albergaba de veinticinco a treinta pacientes y en su punto máximo había una relación de un analista por cada ocho pacientes. Simmel y dos médicos principales. Que eran analistas de Viena, supervisaron al personal sobre los principios generales del psicoanálisis y la naturaleza de la transferencia. La ley espacial del sanatorio era que la actitud mental del paciente hacia la vida exterior se reflejaba en su vida dentro de la institución. Se pensó que el tratamiento analítico era más productivo si el paciente estaba aislado de su entorno anterior y se le permitía desarrollar un vínculo con la institución, especialmente en los primeros días. La institución fue diseñada para intensificar la frustración del paciente cerrando todas las vías de resistencia para que se quedara con su propia realidad infantil original. La forma en que se organizó el entorno ayudo a los pacientes a aprovechar al máximo sus horas de psicoanálisis en el sofá, extendiendo el trabajo terapéutico a las veinticuatro horas del día.

Simmel nos cuenta:

Todas las mañanas los médicos y el personal de enfermería se reúnen en el consultorio, las hermanas y los asistentes dicen lo que han notado sobre sus pacientes fuera de las sesiones analíticas del día anterior. Los analistas luego dan sus instrucciones para el día siguiente. A los asistentes se les dan continuamente explicaciones sobre los principios generales del psicoanálisis y de la situación de transferencia de los pacientes individuales. Insistimos en que, sean lo más discretos posible, no deben ceder ante los pacientes, sino que deben remitirlos una y otra vez al médico que los trata y deben negarse a ofenderse personalmente. Las observaciones de los asistentes, así como las que nosotros mismos somos capaces de hacer del comportamiento de los pacientes fuera del análisis, por la noche y por el día, se incorporan al análisis cuando llega el momento adecuado. Es cierto que esto es contrario al procedimiento analítico habitual, pero, como dije, una clínica psicoanalítica tiene su propia ley. (Simmel, 1929)

Freud pudo disfrutar de los hermosos alrededores y sentir que su intimidad era respetada por los pacientes, el hecho de que Simmel proporcionara un refugio a Freud durante sus visitas a Berlín influyó en la relación amistosa que persistió durante muchos años. Cuando Simmel estaba lleno de planes para el establecimiento de un sanatorio y una clínica en California, intentó ponerle el nombre de Freud. Con su modo característico, en 1939 Freud, le sugirió que esperara y viera si Freud, vivía. En señal de su amistad, Freud le dio a Simmel uno de los anillos que habían sido usados por los miembros del primitivo “circulo”.

Con el surgimiento del nazismo en Alemania, Simmel experimentó las mismas dificultades que muchos analistas. Judío con concepciones políticas muy liberales, era presidente de la Sociedad de médicos Socialistas. Se escapó varias veces, hasta que, por último, luego de un periodo de encarcelamiento, le fue posible abandonar el país vía Zurich.

David Brunswick conoció a Simmel en Europa en la década de 1930. En gran parte a su invitación y a la recomendación de Alexander y Sachs, se invitó a Simmel a viajar a los Ángeles y a unirse a un grupo de psicoanalistas. Con su ayuda financiera y legal, Simmel llegó a los Ángeles en 1934.

Al llegar a los Ángeles, Simmel ayudo a organizar un grupo de estudio metódico sobre psicoanálisis. Tomó la delantera en la difusión de los conocimientos psicoanalíticos tales como la educación, la criminología y la asistencia social. El grupo de los Ángeles permaneció subordinado a los institutos psicoanalíticos de Chicago y de Topeka hasta 1942, en que se afilió a la San Francisco Psychoanalytic Society, con Simmel como su primer presidente.

Como parte de un número aniversario del nacimiento de Freud del Bulletin of the Menninger Clinic de 1937, Simmel publicó un articulo el tratamiento en sanatorio. En el mismo, señalaba que el trabajo iniciado por él en su clínica (que duró poco) se continuaba en la de Mnninger Foundation. En este último artículo. Simmel subraya la importancia de las terribles tendencias destructivas que actúan dentro de los seres humanos que notó por primera vez durante la Primera Guerra. Sugiere que el problema principal de la higiene mental psicoanalítica es el tratamiento del instinto de muerte.

Simmel se interesó en el problema de la adicción; en diversos periodos de su vida escribió variados trabajos sobre este tópico.

En 1944, publicó uno de los ensayos más importantes “Self- Preservation and the Death Instinct, Según Simmel, supone una modificación de la teoría dualista de Freud de los instintos de vida y de muerte y se origina en veinte años de práctica psicoanalítica. Las energías destructivas del hombre, escribe, no son manifestaciones del instinto de muerte sino, más bien, manifestaciones de “un instinto de autopreservación”. Este instinto se relaciona con los instintos orales canibalísticos, bajo la supremacía de un instinto gastrointestinal. La gratificación de este instinto da como resultado la destrucción del objeto mediante la incorporación, pero al servicio de la autopreservación. Simmel pensaba que, al referirse del hambre y al amor como las dos fuerzas principales en el mundo, Freud anticipaba esta modificación teórica.

Simmel aplica esta formulación a la comprensión de la génesis tanto de las psiconeurosis como de las psicosis. La autodestrucción última de la muerte, y su paz resultante,, no es simplemente, una manifestación del instinto de muerte sino, más bien la del instinto de autopreservación, cuya energía destructiva se ha vuelto contra si mismo. En esta forma de la energía destructiva de este instinto de autopreservación pertenece a la categoría de las energías libidinales, puesto que aspira hacia la síntesis de la sustancia vivient. El instinto de autopreservación tiene un objetivo interno, en tanto que el instinto sexual se extiende más allá de los límites del sujeto. (Peck, 1968)

El instinto de autopreservación se desarrolla desde el comienzo de la vida, cuando la preservación de sí mismo se asocia con la tendencia a preservar o recuperar el reposo instintivo completo; como el niño, satisface su hambre, retorna a un estado de inconsciencia. Es mediante la incorporación y la identificación en la resolución del complejo de Edipo, que es en realidad parte de este instinto de autopreservación gastrointestinal, que el sujeto logra su identidad final. Este instinto de autopreservación actúa también como una solución del odio hacia el objeto frustrante, puesto que la incorporación del objeto lo destruye pero también ayuda a lograr una identidad autopreservadora. (Simmel, 1946)

En este artículo de Simmel, parece decir que toda destrucción toma la forma de incorporación. Al decirlo, parece implicar que la ira da como resultado la incorporación del objeto y es realmente autopreservadora.

Ernst Simmel murió en los Ángeles de una enfermedad en las coronarias, el 27 de noviembre de 1947.

Bibliografía recomendada

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Brecht, K., Friedrich, V., Hermanns, L.M., Kaminer, I.J. and Juelich, D. (eds.) (1990) Life Goes on in a Most Peculiar Way: Psychoanalysis Before and After 1933. In: H. Ehlers (ed., English edition) and translated by C. Trollope. Hamburg, Germany: Kellner.

Brunswick, D. (1947) Simmel, The Organizer. Speech at Simmel Memorial Meeting of the Los Angeles Psychoanalytic Society, 13 December Archives of Los Angeles Psycho- analytic Society.

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Schultz, U. and Hermanns, L.M. (1987) Das Sanatorium Schloss Tegel Ernst Simmels: Zur Geschichte und Konzeption der ersten Psychoanalytischen Klinin. Psychotherapie – Psychosomatik – Medinzinische Psychologie 37: 58–67.

MIJOLLA, A. (sous la direction de). 2002. « Tegel (SchlossTegel) », dans Dictionnaire international de psychanalyse, Paris, Hachette Littératures, p. 1793.